La mujer lobo

Minúscula publica Siempre hemos vivido en el castillo, cuarta novela en traducirse al castellano de la autora de la La Maldición de Hill House.

ROCIO COLABIANCHI

“Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, el hongo mortal. El resto de mi familia ha muerto”. Con este párrafo que no puede dejar indiferente a ningún lector, Shirley Jackson nos cuenta que Merricat, su narradora, está llena de ideas peculiares, que ama a su hermana y que algo trágico sucedió al resto de su familia. El punto ciego a desentrañar es, precisamente, lo que pasó hace seis años, algo que determinó su reclusión en el castillo.

Mientras la dulce y paciente hermana mayor, Constance, no sale de la casa y se ocupa con dedicación de su hermana y su tío Julián (un anciano inválido que ha perdido la lucidez y se ha quedado obsesionado con la noche en que ocurrió la tragedia), está encargada de una tarea que se ha vuelto horrible: ir al pueblo dos veces por semana para retirar libros de la biblioteca y comprar alimentos. Los murmullos, las miradas abiertas y a través de las ventanas, las evasivas, la han hecho consciente del odio que profesa el pueblo a ella y su familia. Los niños cantan canciones  sobre Merricat cargadas de  sobreentendidos oscuros. Desearía que todos estuvieran muertos, se dice ella mientras hace sus tareas con apuro para regresar a su casa, el único lugar donde se siente segura junto a su hermana y su gato.
Shirley Jackson fue una escritora prolífica, escribió más de 100 relatos, dos textos autobiográficos, ensayos, literatura infantil y seis novelas de las cuales hasta el momento solo tres están traducidas al español, Siempre hemos vivido en el castillo (Minúscula), El reloj de sol (Fiordo) y La maldición de Hill House (Minúscula). Las tres historias transcurren casi en su totalidad dentro de casas que se convierte en personajes.
En este caso, el castillo es tan grande que los protagonistas han decidido utilizar solo una parte de él: las otras habitaciones han quedado intactas, con la misma disposición que tenían en el momento de la tragedia, y están por lo tanto cargadas de recuerdos y oscuridad.
Desde muy temprana edad, la misma Shirley Jackson evitaba salir de su casa: durante los últimos años de su vida fue diagnosticada de agorafobia, y podríamos conjeturar que este trastorno le ha dado las herramientas literarias necesarias para construir los ambientes claustrofóbicos que rodean a sus personajes, y que terminan por afectarnos también a nosotros, los lectores.
Esta no es, de todos modos, una historia de terror convencional, está enmarcada en una atmósfera misteriosa. A pesar de tener dieciocho años, los comportamientos infantiles de Merricat contagian una frescura inusual en el género, algo que se suma a los toques de ironía fina que aflojan la tensión y en los que proyectamos nuestra propia morbosidad, un recurso (como los exquisitos diálogos) característico de Jackson.

Su marido, el crítico literario Stanley Edgar Hyman, escribió: “Ella rechazaba ser entrevistada, explicar o promover su trabajo de cualquier forma, o tomar posiciones públicas y ser la experta de los suplementos del domingo. Ella creía que sus libros hablarían por ella lo suficientemente claro a lo largo de los años”.  Y estaba en lo correcto. Tan vigentes como siempre, las obras de Jackson se leen, se adaptan a series y al cine y son referenciales para autores como Stephen King y Neil Gaiman, lo que nos hace pensar que Stanley Edgar estaba en lo correcto.

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