Este traidor es mi amigo

A 80 años de la aparición de El muro, el libro que ratificó a Sartre como narrador tras los elogios recogidos por La nausea, uno de sus últimos relatos sobre la amistad y el compromiso político.

JEAN-PAUL SARTRE
Jean-Paul Charles Aymard Sartre (1905-1980)

—Estamos dando vueltas en círculos —dice Vicario.
Viran de costado y enfrentan el viento, aferrándose el uno al otro, un zumbido de insecto atraviesa esa grandilocuencia ociosa, se hincha; el corazón de Brunet se acelera: alambradas. Piensa: ahora hay que pasar las letrinas. En ese momento el viento les trae un hedor a amoniaco. La noche es cerrada. Se guían por el ruido y por el olor; pasan frente a las letrinas y se acurrucan atrás de un montón de basura. A un metro de ellos, las alambradas azotan el aire como serpientes sobre un suelo caliente: es un aquelarre, piensa. Hay dos noches: la que baja detrás de ellos, una espesa densidad iracunda, ya fuera de combate, y la delicada y cómplice, que es una promesa más allá del cerco, una luz negra. Vicario estrecha el brazo de su compañero: agradece no estar solo. Brunet pasa suavemente los dedos de la mano sobre el tablón. Calcula: tres hileras de alambrada sobre una profundidad de un metro treinta. Hay una oportunidad. De pronto, Vicario le aprieta el puño y Brunet se estremece: el centinela camina a pocos metros de ellos. Oye y cuenta los pasos invisibles: está en su ruta. Una alegría helada los traspasa: el mundo está en su lugar, sólo hay que atenerse al plan. Se ha ocultado tres noches seguidas detrás de las letrinas y ha observado la rutina del centinela: parte de la garita, justo frente a ellos, recorre unos cien metros y vuelve a su puesto. Le toma cuatro minutos ir y volver: tienen sólo un minuto porque a cincuenta metros podría oírlos y alcanzarlos. Escucha que los pasos se alejan. Cuenta en voz baja: los primeros números se pegan a los pasos, después, en el silencio, el centinela se diluye. O está en todas partes: es la noche misma, al acecho, en los números que ahora caen en el vacío y parecen sonar falsos. A los doscientos treinta y ocho, los pasos vuelven a irse: el centinela se condensa, brota de nuevo del fondo de la noche, es una vibración solitaria y penosa, pasa frente a ellos, se detiene y vuelve a partir. Uno, dos, tres, cuatro… Esta vez reaparece a los doscientos cincuenta y cuatro; la vez siguiente a los doscientos cuarenta y nueve: quedemos en doscientos cuarenta, es lo más seguro. Reinicia el conteo. A los sesenta y cinco pone la mano en la espalda de Vicario y siente los dedos duros que le apretan el puño. Se levantan. Brunet se adelanta y marca la dirección con el brazo; una avispa de acero salta y le desgarra la palma de la mano. Desliza entonces la punta de los dedos a lo largo del alambre, consigue evitar otra púa; toca, tantea, sin dejar de contar; levanta el tablón y lo vuelca con sigilo hacia adelante, se mantiene en equilibrio, se hamaca blandamente por la triple ola de alambradas; las manos de Brunet están sucias de barro y sería inútil tratar de limpiarlas; setenta y siete; pone el pie izquierdo en el alambre de abajo y pisa la púa; toma impulso, se incorpora, apoya el pie derecho en el alambra del medio, levanta la rodilla izquierda, la raspa al pasar contra la púa y la apoya luego en el tablón, setenta y nueve; ahora repta con las rodillas y las manos, el tiempo se ralentiza; ochenta y uno; del otro lado, el centinela ha dado la vuelta; lo mira; a la derecha de Brunet, la noche es un faro. Avanza, extiende la mano, toca la segunda púa, sigue adelante a pesar del balanceo, toca la tercera, retrocede un poco y se vuelve sobre el tablón que parece vacilar y luego restablecerse: es Vicario que ha conseguido cruzar. Bunet tantea con el pie en el vacío y encuentra el alambre, ochenta y cuatro; quiere saltar porque teme estar quitándole tiempo a Vicario, el sobre todo se le engancha en una púa, la impaciencia lo hace dudar, salta y el doblez del sobretodo se desgarra. Se incorpora, toma el tablón con las dos manos y lo balancea suavemente para que el otro sepa que ha llegado bien. Las alambradas chirrían, el tablón se balancea, Brunet lo sostiene y piensa en el centinela, lo siente venir sobre ellos y se irrita por la tardanza de Vicario: qué hace este imbécil, nos van a agarrar. Tiende una mano y toca la cabeza; Vicario se mueve penosamente sobre el tablón, lo oye resoplar, después nada. Un zapato le araña la manga; lo toma y lo baja hasta la alambrada. Vicarios salta a tierra y el dolor de la caída se le pisa con la alegría. Desde lo alto del mirador otro relámpago los fulmina. Parpadean sin comprender: hay un camino blanco de sol sobre el fondo de un circo en tinieblas. Los charcos brillan y hay diamante por todas partes. Brunet toma a Vicario del hombro y lo fuerza a correr. Las balas silban: les tiran desde el mirador y desde la garita. Desde la garita, piensa Brunet: había otro más ahí. Nos cagaron. Brunet corre: el camino es amplio como el mar, está totalmente expuesto, es una pesadilla. Las balas lo rozan. De pronto, Vicario se pone blanco y se desploma. Brunet lo levanta como puede y vuelve a caer. Brunet lo arrastra: el bosque está ahí, con todo lo que queda de noche. Arroja a Vicarios entre los árboles mientras esquiva las balas. El otra cae sobre su espalda y ruedan los dos en la nieve. Vicarios grita del dolor.
—Callate —dice Brunet.
—Me duele como la puta madre —dice el otro.
Les siguen disparando. Siguen rodando hasta que Brunet queda atrapado entre un tronco y el cuerpo de Vicario. Se mueve despacio pero su brazo choca con el hombro de su compañero: y éste le grita con odio:
—¡Escapate vos!
Brunet se arrodilla. Sabe que está perdido pero también sabe que que hay una sola manera de perder. Desliza sus manos sobre los riñones de Vicario. Quiere levantarlo pero el otro lo rechaza. Brunet vuelve a intentarlo. Luchan sin verse. De pronto, Vicario vomita y Brunet lo deja caer. Se arrodilla junto a él y lo mira a la cara:
—¡Vicario! —dice con voz suplicante.
—Escapate vos —dice el otro—. Ustedes tienen la culpa.
—Nos vamos juntos.
—La culpa es de ustedes —dice Vicario.
—Pero si volvemos —dice Brunet— Yo puedo hablar con la gente…
—¿Volver? ¿No ves que estoy reventado?
Hace un esfuerzo extraordinario por levantarse y sólo consigue decir penosamente:
—Es el Partido el que me revienta.
Vomita en la nieve y vuelve a caer entre gemidos. Brunet se sienta, lo estira, levanta suavemente su cabeza y la apoya en su pierna. ¿Dónde le dieron? Pasa la mano por el traje de civil; está empapado. ¿Es nieve o es sangre? El miedo lo congela: va a pasar a mis manos. Mete la mano en el bolsillo y saca la linterna. Del otro lado gritan, llaman; a Brunet le importa un carajo. Una cabeza lívida sale de la noche; Brunet la mira. Le importan un carajo jefes, le importa un carajo el Partido. Ya no cuenta nada; ya no existe nada más que esa cara rencorosa y blanca con los ojos cerrados. Ojalá que no muera, murmura. Pero sabe que Vicario ya agoniza: la desesperación y el odio remontan el curso de esa vida derrochada y van a pudrirla hasta el origen. A ese absoluto sufrimiento ninguna victoria humana puede borrarlo: es la vuelta la que lo hace reventar. Incluso si el Partido triunfa, los hombres están solos. Brunet se inclina y hunde los dedos en la cabellera ensangrentada de Vicario. Grita como si aún pudiera salvarlo del horror, como si dos hombres perdidos, al haber perdido todo, reencontrarse:
—Me importa un carajo lo demás. Vos sos mi amigo.
El otro no lo escucha. Su boca amarga se llena de sangre, mientras Brunet grita:
—¡Este traidor es mi amigo!
La boca se abre, cae la mandíbula, la cabeza cuelga sin vida. La ráfaga que los golpea y escapa es la muerte. Lo fascina ese rostro estupefacto: esta muerte llega conmigo, piensa. Los otros bajan la pendiente tomándose de los árboles. Él se incorpora y camina hacia ellos: su muerte recién comienza.

* Fragmento del borrador inconcluso del Tomo 4 de Los caminos de la libertad de Jean-Paul Sartre. Traducción: Martina Carvajal.

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