“La gravedad es la historia”

Deseo, romance, dolor y autodestrucción son las claves de La gravedad de los cuerpos (Qeja), la primera novela de la astróloga Mercedes Dellatorre.

PAULA PUEBLA
Mercedes Dellatorre, astróloga y narradora.

Entre la Argentina de la hiperinflación y los Estados Unidos de George H. Bush, entre viajes astrales y viajes de Valium, entre el presente fracasado y la gloria pasada, Ana Cristina González se encuentra con Michael Dean Edwards. A través de una prosa ágil, irónica y cargada de madurez, La gravedad de los cuerpos (Qeja, 2019) pone de manifiesto que en el amor pueden convivir múltiples destinos. Sin morderse la lengua, la astróloga Mercedes Dellatorre escribe sobre la autodestrucción, el romance y el dolor en su primera novela publicada y recibe a Cuaderno Waldhuter en su casa en el barrio de Núñez para conversar sobre astros y literatura, sobre los vicios de la época y las torceduras del destino.

Si la astrología es un lenguaje de estructura simbólica que permite articular una diversidad de saberes, dada la preponderancia que ha tomado en este último tiempo, ¿qué creés que buscan las personas en el relato astrológico?
Es verdad que la astrología es un boom de hace dos años a esta parte, aunque de gestación tenga más tiempo. Creo que sucede algo que no es necesariamente astrológico. Si consideramos lo que la astrología en sí es, vemos que es un lenguaje de estructura vincular, en donde el adentro y el afuera se corresponden. Esa correspondencia genera que uno entable un vínculo con lo que le pasa. Este concepto, esta idea de que el destino tiene que ver con uno, es una premisa profundamente esotérica y hermética que la astrología toma, pero hoy en día se la considera porque produce una sensación de control de la propia vida. Por ejemplo, con la convicción de que el destino está en el ascendente, y que uno tiene que ir al ascendente, convertirse en eso. Entonces yo creo que el interés no es tanto en el relato astrológico, o en su construcción, sino en utilizarlo como una herramienta a través de la cual la persona cree que va a controlar y esculpir su vida.

Como si hubiese un deseo de ponerse uno mismo ya no en el lugar de dueño de su vida sino de deidad. ¿Pensás que es posible que una persona, a través del conocimiento astrológico, pueda controlar su destino?
No, para nada. Es una búsqueda totalmente vacua. No conduce a ningún lado. No sólo no es posible apuntar a ese control; creo que incluso es perjudicial desearlo. Hay herramientas y lenguajes que habilitan la interpretación o la sobreinterpretación. “Si me duele la garganta, entonces es porque no pude decir algo”. No digo que no haya ahí un nivel de correspondencia pero de ninguna manera una cosa es causa y la otra efecto. Ahí está el problema: en creer que uno controla los efectos. Ahora nos estamos parando en el lugar de la no-generación de, por ejemplo, karma negativo. Y esto no es posible porque te diría que el inconsciente de uno crece en una proporción similar a la conciencia de uno. Es falso que uno ilumine su inconsciente y entonces resuelva todos sus problemas. Cuando iluminas un lado, te queda en las sombras el otro.

La gravedad de los cuerpos
(Qeja, 2019)

“Nada que provenga de los medios de comunicación es cierto. Nada, excepto lo que se omite”, dice el narrador de La gravedad de los cuerpos para subrayar las marcas que deja la época de la posverdad retomadas en la novela. Actualmente, asistimos a un momento histórico al que podríamos llamar poscientífico, con el auge de las pseudociencias, los psicologismos, la autoayuda, e incluso las militancias de masas, que toman un cariz, por momentos, religioso. ¿Qué lugar encuentra la astrología en ese mapa de creencias? ¿Discute la astrología con la epidemia de la buena voluntad?
La astrología tiene una particularidad. A pesar de tener una estructura muy macro, con conceptos específicos y parámetros hiperestablecidos ―que pueden ser los arquetipos o los signos―, en ella entra todo el contenido del mundo. En esta paradoja, podés entender a la astrología como un sistema en el cual te apoyás y te dejás ser, que me parece la opción más interesante. Eso implica entender que no hay una intencionalidad o una voluntad, ni religiosa ni que tienda al bien. Es decirse “esto es lo que es, existo dentro de esta estructura que de alguna manera me ordena y me deja tranquilo”. Pero si lo vemos desde el punto de vista actual, que nos lleva más al lugar de la fe, que se aferra a una única verdad en la que se inscriba todo el resto, lo polar, lo ambiguo, lo doble que tiene la astrología se simplifica. Tratamos de que quede solo una de las caras ―como ocurre en el feminismo, donde se ve solo la mujer y la otra cara queda extinta. Ese lado de la astrología, que es desde donde creo que se está encarando, va a crecer, se va hacer todavía más importante. Pero eso no es astrología…

¿Qué es?
Es un sistema de creencias que pretende ordenar las ideas en función de lo que cada uno acepta como válido, cuando el lugar más interesante de la astrología no es confirmar certezas sino el de abrir sentidos. Desde su origen, esa es su forma: una lectura en donde hay un afuera y un adentro. Ahora se intenta borrar el afuera, todo es adentro, todo es subjetividad, todo es “lo que a mí me pasa”. Si yo puedo apropiarme del afuera, entonces ¿qué soy? Una gran subjetividad caminando creyendo que es objetiva. Ese es el riesgo, porque si me construyo desde la subjetividad sabiendo que es una subjetividad, no sería un problema.

En el prólogo de La gravedad de los cuerpos, Ingrid Sarchman advierte que en la novela se conjugan el amor con los desplazamientos. No sólo físicos, geográficos, sino también mentales, espirituales, astrales y energéticos. ¿Hay metáfora en la historia entre Ana Cristina y Michael Dean Edwards? ¿Qué posibilidad de amor hay en medio del movimiento?
Creo que el desplazamiento tiene que ver con una dualidad que se da entre el cuerpo y la creencia, o el cuerpo y la emoción. Estas son las escisiones que tienen los dos personajes, en cuanto a lo que les pasa y en cuanto a lo que ambicionan o creen. El ejercicio es tratar de ver si, al moverse de esta realidad coyuntural, habría algún lugar para otro tipo de vínculo. Si no fueran estas las realidades de estos personajes, ¿existiría otra realidad para ellos también? Hay un anhelo, un ideal de amor, una pregunta acerca de la realidad. Pero está también lo que nos ata de la realidad, lo que define si se puede dejar de ser lo que se es para ser otra cosa, o si es imposible que algo así suceda. En Ana Cristina la pregunta es más neurótica, en Michael es más narcisista.

Narrás levitaciones, viajes astrales y describís, sin cruzar la delgada línea del realismo, cuerpos etéricos en movimiento. Entonces ¿cuál es la gravedad de esos cuerpos? En el sentido de lo que duele, de lo que pesa, de lo que tira para abajo, ¿qué es lo grave en el cruce de estos dos personajes?
Para mí, la gravedad es la historia, el pasado. La gravedad del cuerpo no es solo el cuerpo físico sino también el cuerpo construido en base al pasado que tiene. Los personajes son casi opuestos. Ella tiene un cuerpo que no es propio casi, un cuerpo que nunca habitó. Y él tiene, en un punto, un cuerpo habitado por demás. Entonces esos dos lugares, ese encuentro, se da por la atracción que tienen el uno por el otro. En cierto modo experimentan cómo sería habitar un cuerpo como lo habita el otro.

Una ama de casa y un astronauta…
Totalmente. Él es el hiper realizado. Encarna la ambición social de esa época, llevada al extremo. Todos los niños quisieron ser astronautas y él es el que pudo serlo. Y el ama de casa que encarna la no-realización, al menos como ella lo vive. No digo que esto sea así para todas, pero sí el lugar en el que Ana Cristina se puso.

Hay un anhelo, un ideal de amor, una pregunta acerca de la realidad. Pero está también lo que nos ata de la realidad, lo que define si se puede dejar de ser lo que se es para ser otra cosa, o si es imposible que algo así suceda.

La novela hace especial hincapié en el consumo, diferentes tipo de consumo, sin hacer en ningún momento un ensayo moral sobre el asunto. ¿Por qué te parece un tema constitutivo en el relato? Porque todo, hasta las cosas más abstractas, incluso la astrología, la forma de alimentarnos, nuestro posicionamiento de género, se convierte en consumo.
Es el gran tema del momento. Esta novela no es actual; históricamente, está situada en 1989. En esa época en Estados Unidos el consumo era mucho más manifiesto; pero, en ese momento, en Argentina, aparece un gran quiebre. Cuando Ana Cristina llega a Buenos Aires lo hace en plena crisis de hiperinflación. Pero en seguida viene el menemismo. Este intento de elevación en la protagonista es el último intento de no quedar pegada lo que se consume. En un punto, ella ya está totalmente captada por el capital. Pero el caso de Michael es distinto. Él es como el último idealista. Él hasta puede renunciar a volver de la Luna y ser un héroe. Se convierte en un rebelde y no le importa tanto perder eso.

¿Y la paranoia? Está presente en ambos. Él aparece como una especie de enemigo del Estado, justamente por haberse negado a ocupar ese lugar de héroe de la NASA como sí lo hizo, por ejemplo, Neil Amstrong…
Sí, él héroe de Michael es Yuri Gagarin. No puede decirlo abiertamente, pero su héroe es el ruso que se estrella con un avión. En el caso de ella, lo que la lleva a este nivel de preguntas por su realidad es la insatisfacción, una sensación en el cuerpo, que no puede manejar. Eso la lleva a una determinada situación que no sé si es paranoica pero que sí tiene que ver con su madre. Ella no quiere ser su madre.

¿Y cuál considerás que es, como escritora, como astróloga, la gravedad del cuerpo colectivo de la época?
El peso del cuerpo al que desestimamos y desoímos constantemente. Es en lo colectivo donde se manifiesta un cuerpo negado. Por ejemplo, queriendo modificarlo ―más flaco, más gordo, más joven―, suponiendo que algo que no tiene una verdad propia, que no tiene un sentido profundo. Nos convertimos en pura razón. Casi no habilitamos un nivel emocional. Y en el nivel físico somos totalmente ignorantes. Esa condición tan sombría es la que produce una inercia y una patologización muy profunda. Nos termina anclando a un nivel de realidad indeseado porque al cuerpo lo ninguneamos y lo amordazamos en su posibilidad de expresarse. En el orden del deseo hay algo que está por completo reprimido.

Nos convertimos en pura razón. Casi no habilitamos un nivel emocional. Y en el nivel físico somos totalmente ignorantes. Esa condición tan sombría es la que produce una inercia y una patologización muy profunda. En el orden del deseo hay algo que está por completo reprimido.

¿En qué punto pensás que se tocan, si se tocan, la escritura con la lectura de los astros?
Coqueteo con la literatura desde chica, pero nunca me había animado a escribir ficción. Me di ese permiso desde lo astrológico, sobre todo al notar que, en los relatos de las propias personas, históricos y de construcción de sentido, había ya una forma literaria: la ficcionalización que cada uno hace de su propia historia para atribuirle un sentido.

“Con mi familia nos comportábamos como si hubiéramos puesto la bandera en la Luna”, dice un texto que escribiste hace unos años para Mundos Íntimos en el que, a través de ciertos relatos de tu infancia y adolescencia, contabas la historia de la decadencia. Además, decía que lo que considerabas miedo a la pobreza era en realidad miedo al pasado. ¿Podemos vivir sin saber de dónde venimos?
Es posible, aunque no todo el mundo necesita la reconstrucción de su historia. Cuando realmente funciona, la astrología te saca de la idea ultra yoista y voluntarista de que sos un individuo independiente de su entorno. Al contrario a lo que comúnmente se cree, el pasado no es una atadura, sino una zona de uno mismo desde la cual se puede producir una liberación. Justamente, en la medida en la que podés hacer esta reconstrucción ficcional de ese pasado, entendés que lo que te pasa tiene que ver con el lugar de dónde venís, del linaje, de las cosas que te ocurrieron. Te permite preguntarte si querés o no mantener esa línea o probar cosas nuevas, si preferís enriquecer esa predeterminación o sumarle algo distinto.

Entonces, ¿cómo deberíamos entender el destino?
El destino es la manifestación de todos los condicionamientos históricos y culturales. En él están las experiencias que te atraviesan pero también las posibilidades de modificar algo de lo que viene. Es la combinación de esas dos fuerzas: la histórica y la personal. De esa alquimia surge lo que llamamos destino.

¿Qué es un libro para vos?
Un portal. Entrás en un mundo distinto cada vez que leés algo.

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