La playa

A partir de Años salvajes de William Finnegan, Valentín Díaz indaga en el surf y en la literatura para pensar la propia vida entre la sombra de la melancolía y la promesa de la redención.

VALENTÍN DÍAZ
Imagen: Tim Marshall

Como cuando al volver después de un tiempo más o menos largo al departamento de playa familiar me di cuenta de que el tiempo se había movido, que había hecho de las cosas todavía más o menos nuevas depósitos de imágenes, y noté que, en los descubrimientos mínimos que E. (que hacía incluso más tiempo que no volvía) iba haciendo mientras seguíamos llegando y bajando las cosas, ese tiempo adquiría una consistencia nueva, daba finalmente el paso que vaya a saber desde cuándo estaba dando, y en cada detalle –“esto no estaba”– que ella señalaba, tocaba y miraba desde diferentes ángulos, mis padres estaban ya en otro lugar y nuestras vidas se ponían ya en otro lugar, y los veranos, que hasta ese momento eran los últimos veranos, los veranos recientes, eran ahora una serie clásica, una época de la vida y una historia familiar con la que cada vez más habría, de ahora en más, que hacer algo. Y que en el regreso de E. a ese lugar había tanto la inauguración de una nueva época (pero todo siempre había comenzado antes) cuanto el desplazamiento de nuestro propio pasado a un lugar más remoto (aunque siempre hubiera un pasado anterior al que remontarse). Sentí entonces en el fondo del estómago la fuerza de esa posibilidad, entregarme a la melancolía, que llevada al extremo (algo que estaba lejos para mí) era abandonar la vida, dejar de vivir verdaderamente para empezar a ocuparse de todo lo vivido, para ver qué hacer con todo eso, porque a partir de determinado momento –el que vivió lo sabe–, ya hay suficiente. Suficiente de todo, sobre todo de las cosas más íntimas, viajes, personas, lecturas. Por eso el archivo es hermano de la muerte.
Lo había visto en algunos amigos grandes y también en algunos críticos. En determinado momento sienten que ya han leído lo que necesitan. La lectura, que es una de las experiencias más plenas de lo incompleto, de pronto ya no desea, se cierra como época de la vida, y cada uno define sin saberlo su propio canon. Todo lo que quede (el resto de la vida, incluso un resto de la vida feliz) será un juego un poco claustrofóbico que no admite nombres nuevos, incluso si ese crítico cede ante la presión o la confusión y lee. Lee pero no lee. No hay ahí nada para experimentar. Miré con temor la biblioteca del departamento. ¿Era un anticipo de esa época siempre inminente de la vida (que no es una edad sino una conciencia), un anticipo de ese final representado en las lecturas que había hecho en ese lugar en una época en la que la juventud y la novedad de esa playa parecían definitivas?

Me tiré al piso (la biblioteca de ese departamento diminuto está como escondida abajo de una mesa) y recorrí más con los dedos que con la vista los libros sobrevivientes al frágil equilibrio entre saqueo y reposición del verano anterior. Había poco de lo que todavía podía reconocer como mío. Prevalecían, en cambio, nombres compartidos por todos: Bolaño, novelas policiales de las series clásicas, Silvina Ocampo, Manuel Puig, Virginia Woolf, Libertella, London, Hemingway, Proust y bastante trash de verano. Pero, para no arrastrar al resto a ese estado, dejé de lado esas presencias de todos y agarré una de las pocas cosas originariamente mías, con la certeza de que la coincidencia en esas páginas con ese yo anterior sería suficiente para salvarme y salvarnos de la melancolía (que es condición del pensamiento al precio de la vida feliz), incluso en un libro menor, que no me había marcado particularmente. En algún momento había creído que era lógico que ese libro, Años salvajes. Mi vida y el surf, del periodista William Finnegan, estuviera ahí y decidí dejarlo en la biblioteca de la playa. Obviamente, a nadie le interesó: la autobiografía de un surfista un poco larga y ganadora del Premio Pulizter de biografía que –me lo había advertido un amigo al regalármelo– dedica más páginas a la descripción de esa ola de ese día y otras tantas a explicar cómo se llegaba remando a ese pico remoto los días en que el viento soplaba desde el oeste, que a cualquier otra cosa. Pero el libro es, también, el relato de una vida entera dedicada a dos cosas, y eso lo justifica. Una vida que junta dos cosas que siempre nos interesaron (aunque nunca juntas), la literatura y el surf, que E., un día, cruzando una avenida de Buenos Aires, había descubierto que tenía que ser nuestra tarea de cada verano.

Imagen: Dendy Darma

Encorvado abajo de la mesa abrí el libro confiando en que el efecto fuera inmediato, esperando que la palabra clave llegara antes de alterar los ritmos esenciales de cualquier viaje, que hacen, mucho más intensamente que la vida corriente, de cada decisión algo necesario y lo que en este momento es genial ahora ya es insostenible, como llegar, abrir las valijas, tomar algo, respirar y mirar el verde a través de la ventana, pero que inmediatamente impone salir y hay que salir ya. Pero nada. Con el libro bajo el brazo, salí del fallido escondite del tiempo y volví al presente.
Los días que duró el viaje releí pues el libro para tratar de conjurar la sensación del final prematuro, para hacer de ese mero libro la continuidad de los libros. Pese a la cronología que lo arrastra y abarca su biografía completa hasta el presente (llega a volverse una suerte de álbum familiar), el relato de Finnegan es la experiencia de una edad de oro y coincide, como toda edad de oro, con momentos de invención y transformación (y luego de decadencia). Es una forma del viejo mito norteamericano que junta literatura y experiencia, o que hace de la experiencia de la vida (en la ruta, en la playa, en cada ola de cada lugar del mundo) una condición para la literatura. En esa conjunción (cuando el experimento sale bien), lo que habla es la historia, la época. Aquí la época habla a través de la historia del surf y por ejemplo el último año potente del siglo xx (1968) es también el año en el que un día un pibe inventó la tabla corta. Se trata, como toda invención, de un fenómeno que nunca se explica (en contra de lo que dicen las visiones torpes de la historia) sólo por la técnica como condición o sólo por el espíritu como necesidad. Es la conjunción la que es causa y efecto a la vez, para cumplir con el mandato que, más allá o más acá de las voluntades individuales, toda cultura lleva hasta sus últimas consecuencias: sostener y multiplicar un tipo de movimiento, una imagen del cuerpo, un tipo de intensidad.

Imagen: Federico Gutiérrez

Pero nada. Nunca la verdad aparece donde se la busca, aunque a veces aparezca cerca. Años salvajes intenta juntar el surf (la vida) y la escritura (esa suspensión). La conjunción tiene, según Finnegan, una breve tradición que se remonta a “las primeras descripciones literarias del surf, las de Jack London o Mark Twain”. El dato es inexacto porque la conjunción comienza algunos siglos antes y lejos de Hawái, en las inciertas playas de las Soledades de Góngora, cuyos primeros versos, inmortales, son también la fundación de ese género menor. En ellos, Góngora confía la salvación de la poesía a la conjunción de un náufrago sometido al rigor de las ondas y la caída a las aguas de un “opuesto pino roto”, que “breve tabla, delfín no fue pequeño”. Así, el peregrino a las “ondas su camino fió, y su vida a un leño”. Hay salvación porque hay tabla. En el libro de Finnegan también hay salvación, pero no porque haya un verano eterno (en realidad, un invierno interminable, porque es el invierno la temporada alta del surf), sino porque al cabo de mil olas y mil anécdotas (muchas de ellas intrascendentes), lo que persiste, mientras todo acaba, es una vitalidad que narrativamente se traduce, cuando el libro ya no puede más, en la voluntad de contar una ola más, siempre una ola más, con la lógica de lo anteúltimo. Lo mismo debería valer, supongo, para la lectura: sin esperanza pero con desesperación. Mientras termino de escribir esto lejos de la playa, escucho “You can’t allways get what you want” (1969) convencido de que algo de todo esto tiene respuesta ahí. La canción tiene algo que la enrarece: dice todo de entrada, incluso antes de empezar. Pero eso que dice lo dice siempre en dos tiempos: el de la advertencia (que no es más que un marco y una certeza que podría asumirse como palabra definitiva: “you can’t always get what you want”) y el de la salvación: “But if you try sometimes, well, you might find. You get what you need”. No es, como muchos dicen, un tema de la resignación (el mero fin de una época), sino más bien, como la lectura, un pedido de paciencia: la respuesta es “no” y ese “no” se repite tres veces, pero si esperás aparece el “sí”, la respuesta quizás es “sí”, y el problema no es llegar al “sí”, sino a su posibilidad, y aún más: al imperativo ético que viene con esa posibilidad. No lo intentes, pero si lo intentás tenés que estar preparado para que todo cobre sentido, para encontrar no lo que querés (eso es del orden de la especulación, más cerca del no sé lo que quiero pero lo quiero ya) sino lo que realmente necesitás –y después de eso ya no hay nada. Es cierto que no va a ocurrir, pero es posible y por eso mismo persiste. Como la playa, la literatura, esa heterotopía.

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