Un mecanismo desbordado

El 19 de septiembre de 1985 moría, en Siena, Ítalo Calvino, autor de una obra singular, creador de fábulas proféticas y dueño de una imaginación inagotable.

FLAVIO LO PRESTI

Hay escritores –si se me perdona la cursilería– hermosos en su totalidad, que han sabido llevar a sus libros la vibración cálida de la experiencia humana a pesar de la lucidez, a pesar de que el mundo siempre parece “pertenecer a los peores”. Ítalo Calvino (nacido de forma relativamente casual en Santiago de las Vegas, en Cuba, en el año 1923) es uno de esos autores. Le tocó vivir, desde muy temprano y desde dentro, uno de los momentos más espantosos de la historia humana: “el verano en que empezaba a tomarle el gusto a la juventud, a la sociedad, a las chicas, a los libros, fue el de 1938; acabó con Chamberlein, Hitler y Mussolini en Munich”.  Y así y todo la lectura de su obra irradia (desde su prosa preciosa y sensible, abigarrada y al mismo tiempo ligera) una serenidad que es difícil no atribuir a su temperamento.
El padre de Calvino era agrónomo y había vivido gran parte de su vida en América, mientras que la madre era una ayudante de botánica sarda: los dos creían en la ciencia y en el progreso social, pero mientras el padre regresó y enfocó al fascismo naciente desde la óptica del “acomodaticio espíritu reformista ligur”, su madre era “de un antifascismo intransigente”. Sin embargo, frente al horror inminente, el San Remo de Calvino abandonó el cosmopolitismo Belle Époque que constituyó (con los viejos ingleses, los duques rusos y la “gente excéntrica y cosmopolita”) su paisaje social e intelectual de crianza y volvió a ser una ciudad provinciana, habitada por un espíritu cerrado que funcionó como “defensa contra el mundo circundante, un mundo ya dominado por la corrupción y por la locura”.

Cómo ser comunista y neorrealista y convertirse en fabulador
Esa distancia se mantuvo hasta que la guerra le hizo imposible apartar la mirada: “Al ver que la política es objeto de desprecio y de escarnio por parte de las personas mejores, la actitud más espontánea del joven es pensar que es un campo maldito, que es necesario alejarse de ella y (…)  buscar otros valores vitales. Fue entonces cuando entró en juego otro condicionamiento: el histórico”.
Calvino se involucró con el comunismo italiano porque era la fuerza que de manera más organizada podía oponerse al fascismo, pero osciló entre ese polo y el anarquismo, en un movimiento determinado por el lúcido binarismo que atraviesa casi todos los momentos de su pensamiento. El anarquismo era la fuerza intelectual capaz de permitir que “la verdad de la vida se desarrolle en toda su riqueza, más allá de las necrosis impuestas por las instituciones”; el comunismo, por su parte, la fuerza capaz de lograr que la riqueza no fuera despilfarrada sino “organizada y hecha fructificar según la razón en interés de todos los hombres vivos y venideros”. A pesar de su pertenencia orgánica al comunismo italiano, Calvino sintió el tironeo entre la disposición anarquista a quebrantar los valores consolidados “que llevan el sello de la injusticia” y la disposición riesgosa, implicada por el comunismo, a asumir los riesgos del “uso de la fuerza y la autoridad para alcanzar en el tiempo más breve posible un estado más racional”.
Agotado por ese movimiento pendular Calvino terminó por apartarse de la política, y su literatura parece reflejar ese tránsito: desde la experiencia neorrealista de El sendero de los nidos de araña, primera novela en donde Calvino transpone en la experiencia infantil de Pin su propia perplejidad de “burgués” frente al ambiguo mundo de la resistencia partisana; hasta la fábula con la que jugó para exorcizar el fracaso al que lo llevaba esa veta realista, y que terminó siendo el punto de partida de su carrera como “soñador racional”, probablemente el puntapié de su fama mundial: El vizconde demediado. La realidad se había “institucionalizado”, dice Calvino, y él mismo había pasado a ser un empleado intelectual de traje gris y camisa blanca en la editorial Einaudi. De ese laberinto de una sola pared descolorida salió por el techo de la imaginación.

El vizconde demediado es la primera de las tres fábulas-leyendas con las que Calvino compuso la trilogía que llamó Nuestros antepasados, completada con la extraordinaria El barón rampante y El caballero inexistente. Quizás explicar con las circunstancias de su vida intelectual el cambio de registro en su novelística es traicionar sus ideas sobre sí mismo, al menos como las expresa en una entrevista realizada por Carlo Bo con posterioridad a su largo viaje por Estados Unidos. Calvino opone su manera de concebir la creación literaria con la de Pavese: “el hecho es que nuestros modos de trabajar siempre fueron distintos. Yo no parto de consideraciones de metodología poética: me lanzo por caminos arriesgados, esperando apañármelas por razones de ‘naturaleza’. Pavese no: no existía una ‘naturaleza’ de poeta para él; todo era rigurosa autoconstrucción voluntaria. En literatura no daba un paso si no estaba seguro de lo que hacía”.

Calvino se lanza a la fábula, y su fábula es un juego geométrico de contrastes que parte de una imagen (un vizconde de fines del XVII partido al medio por una bala de cañón turca, determinando la aparición de una mitad buena y una mala), y que le sirve para pensar aspectos que nunca dejaron de interesarle: por ejemplo, la pregunta acerca de qué hace el hombre con lo que le exige su tiempo, algo que se ve en el destino del carpintero Pietrochiodo que fabrica (como los científicos responsables de la mayor amenaza del mundo en que Calvino vivió: la bomba) instrumentos de tortura sin considerar su destino. Los personajes que completan el elenco (el científico puro Trelawny, el coro hedonista de los leprosos y el coro moralista de los laboriosos hugonotes que rodean al Vizconde Medardo) le permiten enfocar a través de imágenes no tanto el tema del bien y el mal –que es la lectura más superficial e inmediata– sino la mutilación como resultado del malestar en la cultura.
En El barón rampante, en cambio, se hacía más claro el amor de Calvino hacia los solitarios obstinados. Cosimo di Rondò (un infantil barón que, obligado a comer una traumática sopa de caracoles por un padre autoritario e inflexible, se sube a los árboles de un interminable bosque y nunca vuelve a bajar) se vuelve un personaje con el que Calvino admite identificarse personalmente. Pero ese análisis de la excentricidad dieciochesca (en el que se despliega el fondo histórico de los conflictos entre tradición y ruptura de fines del XVIII) dio paso finalmente a un análisis sobre los contemporáneos estrictos de Calvino, a los que les fue negada “toda excentricidad”: los que tienen (tenemos) el problema “de no existir para nada”. Con esa idea dio vida a la imagen de una armadura vacía, carente de existencia física pero provista de consciencia, y a partir de ahí volvió al ejercicio de sumas y restas que parece dominar su espíritu de composición: el escudero que es cuerpo sin consciencia, el joven Rambaldo que es acción perpleja y el joven Torrismondo que es “la moral de lo absoluto”, y sus mujeres, Bradamante y el amor como guerra y Sofronia y el amor como paz.

Fabricante de juguetes y profecías
Al mismo tiempo que esas tres novelas son divertidas, y líricas y hermosas, sus efectos se nutren como es evidente de una profunda reflexión sobre los mecanismos narrativos y semióticos, una reflexión que parece solidaria con un “afrancesamiento” de la escritura de Calvino (así lo llamó alguna vez Juan José Saer); ese proceso es también evidente en su acercamiento al Oulipo, el Taller de Literatura Potencial fundado por Raymond Queneau. Los preceptos del Oulipo obligaban a crear a partir de reglas y constricciones (la más célebre es quizás la que se autoimpuso George Perec al escribir una novela sin la letra e, una proeza casi imposible en francés). Los libros que Calvino “extrajo” del Oulipo, sin embargo, no ejercen violencia sobre su poética y armonizan con el conjunto de su obra,  tanto la fantasía humorística de Tiempo cero (que recoge elementos de un libro relativamente menor Cosmicómicas y en el que la capacidad narrativa de Calvino fascina y exaspera en relatos de un cómico estatismo) como los delirios de cuño borgeano de El castillo de los destinos cruzados y la extraordinaria Si una noche de invierno un viajero, una novela en la que compramos el último libro de Calvino y protagonizamos, como lectores, una aventura en la que literatura y mundo estallan en fragmentos que sólo pueden rearmarse por un feliz artificio.
La confusión entrevista en esta gran penúltima novela de Calvino es hija de una capacidad extraordinaria para leer el futuro: con su prosa serena, ligera y alegre, Calvino parece predecir en esta fantasía literaria lo mismo que el cyberpunk profetizaba de una forma más violenta: el mundo veloz de la información, la disolución de identidades y la homogeneidad, la conversión de todo en texto, en superficie de lectura, la globalización radical.
Yendo hacia atrás, su diario de viaje americano a fines de los 50 es de una extraordinaria clarividencia, y tiene momentos dignos de una antología de frases: 1) Texas: “sobre el famoso autonomismo de Texas, no hay necesidad de hacer una encuesta especial. Muchos coches llevan escrito “built in Texas by texans”; en el empavesamiento de la ciudad las banderas texanas superan claramente a las federales. Da la impresión de un país en uniforme, con estas familias burguesas que marchan compactas todas con grandes sombreros y chaquetas con flecos, en un alarde de propia practicidad y antiintelectualidad que se convierte en mitología, fanatismo, alarmante belicosidad (…) También es de esperar que, aunque Texas se sienta dispuesta a declararle la guerra a Rusia ya mismo, en el fondo el aislacionismo de la mentalidad agrícola se imponga”. 2) La lucha por los derechos civiles de los afroamericanos: “Estas luchas fueron capitaneadas por ese joven dirigente político negro, Luther King, que no tiene una idea política particular o social, solo la igualdad de derechos de los negros. Es más, no hay dudas de que los negros, una vez conquistada la igualdad, serán más conservadores que los demás, como les sucedió a las otras ex minorías pobres, irlandeses e italianos” (…). 3) El desierto de Nevada: “tierra hermosamente maldita, es natural que en este desierto se escondieran para inventar la bomba atómica, y que sigan produciéndola, haciendo realidad la leyenda india propia de estos lugares de que aquí se liberaría una fuerza capaz de destruir la tierra”.

Dedicatoria de Calvino a Francis Ponge.

Profundamente preocupado por la marcha del mundo, Calvino explicó su retiro político a cuarteles de invierno en una “Nota biográfica objetiva”: “¿Ha llegado a una situación de indiferente desapego? Conociéndolo, hay que creer que se trata, por el contrario, de una acrecentada conciencia de lo complicado que es el mundo, que lo impulsa a reprimir dentro de sí tanto los saltos de esperanza como los de angustia”. Sin embargo, escribió hasta el final desde una idea conmovedora de la literatura: “Lo que cuenta es lo que somos, es profundizar nuestra propia relación con el mundo, una relación que puede ser a la vez de amor por lo que existe y de voluntad de transformarlo”. De hecho, su manera de concebir la escritura y la vida se sintetizan, quizás, en esa frase que cierra Las ciudades invisibles y que a despecho de su resonancia new age sigue hablándonos de lo que los libros y las personas podemos hacer unos por otros: “el infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”

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