“Editar es seducir”

Manuel Borrás, editor literario de Pre-Textos, aún era adolescente cuando supo que dedicaría su vida a publicar libros. De visita en Buenos Aires habla de edición, pedagogía y supervivencia, porque no puede olvidar el día que Elías Canetti lo salvó de la ruina.

DIEGO ERLAN
MAXIMILIANO CRESPI
FERNANDO KRAPP
Manuel Borrás. Imagen de Juan Ballester

Esta es la historia de cómo un viejo con el pelo revuelto salvó a una editorial de la ruina mucho tiempo antes de que esa editorial se fundara. De cómo aquel hombre apareció un día en una universidad austríaca, habló con un adolescente extranjero y, sin saberlo, salvó uno de los mayores proyectos editoriales en español. Todo empezó en Innsbruck. Manuel Borrás tenía 16 años y estaba enfrascado en una investigación en germanística en la biblioteca de la Universidad de esa ciudad en los Alpes. Había leído a Goethe y a Schiller gracias a un profesor de la secundaria, hablaba alemán como segunda lengua, y antes de cumplir la mayoría de edad ya tenía definida cuál sería su profesión: a diferencia de la gran mayoría de los jóvenes que entran en contacto con la literatura y pretenden convertirse en escritores, Borrás siempre quiso ser nada más que un lector. Y nada menos.
Los académicos de la universidad, expertos en germanística, no entendían qué hacía ese muchacho español con ellos. La investigación de Borrás estaba centrada en la relación entre Ludwig Wittgenstein y Georg Trakl; y de cómo se habían conocido por intermedio de Ludwig von Ficker, y cómo el filosofo había costeado la primera publicación del gran poeta expresionista alemán. En cierto modo, esa relación afectiva entre Wittgenstein y Trakl definiría la relación de Borrás por el trabajo editorial.
Uno de esos días en Innsbruck apareció un hombre de pelo revuelto, “con aspecto de profeta” (recordará después Borras), que se acercó para preguntarle qué estudiaba. Borrás se refirió a la materia de su investigación y el hombre lo animó a continuar: le llamó la atención que un chico tan joven estuviera inmerso en esos temas. Al día siguiente, Borrás le preguntó a uno de sus compañeros quién era aquel hombre con el que había hablado el día anterior. El compañero le dijo que ese hombre con “aspecto de profeta” era el heredero de todos esos escritores que Borrás estaba estudiando. Su nombre: Elías Canetti.
Borrás no lo conocía. Ni había escuchado hablar de él.
Por la noche, mientras cenaba con un amigo arquitecto, le contó al pasar que había conocido a un tal Canetti. Su amigo casi se atragantó y quiso saber si lo que le decía era cierto. ¿Estuviste hablando con Elías Canetti? Sí, repitió Borrás, además me dijeron que lo tengo que leer. Entonces su amigo se puso de pie, le trajo desde su biblioteca un ejemplar finito llamado Las voces de Marrakesh y se lo regaló. Por la madrugada, extasiado luego de la lectura, Borrás se dijo que si algún día llegaba a ser editor, publicaría ese libro. Y así lo hizo.

No fue el primero publicado por Borrás, junto a sus socios Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba, en Pre-Textos. Ya lucían un catálogo de treinta títulos pero aún no lograban dar ese salto necesario para sostenerse. Todavía dependían de las economías familiares y eso volvía a la editorial un proyecto endeble, un mero capricho de tres adolescentes que, un poco hartos de los vaivenes, ya pensaban que tal vez debían renunciar a todo lo que habían imaginado. Entonces ocurrió. A poco de salir de imprenta Las voces de Marrakesh en la edición de Pre-textos, Elías Canetti recibió el Premio Nobel de Literatura. De la noche a la mañana, ese libro se convirtió en un best seller. Ese libro, entonces, fue el primer éxito de la editorial, el título que permitió consolidar uno de los proyectos editoriales más importantes en lengua en español de la segunda mitad del siglo xx, pero más que nada, ese rulo del destino fue como una palmadita en el hombro, una manera de decirles que no habían estado tan equivocados. ¿Suerte? Borrás no cree en la existencia del azar, sino que el azar no es otra cosa más que la consciencia de una necesidad. Sentado en una confitería de Retiro, en Buenos Aires, este editor ya legendario mira hacia el ventanal y recuerda esa anécdota con una sonrisa.

Haber empezado tan joven con la editorial lleva a preguntarnos: ¿cómo lo modificó Pre-Textos en todos estos años?
Es evidente que si uno comienza una andadura profesional tan precoz, como fue mi caso, uno crece con esa misma aventura. Era muy joven cuando empecé a pergeñar la idea de editar. Me apasionaban los libros desde muy pequeño. Tuve la suerte –siempre lo digo– de nacer en el seno de una familia burguesa de mi país, con biblioteca. Creo que la presencia de los libros para los niños es fundamental, más en un momento en que los libros han desaparecido del paisaje sentimental de los niños, sobre todo en mi país. Un libro ha sido sustituido por una superficie más fría como puede ser una pantalla. No digo que en una pantalla no se pueda leer buena literatura: la buena literatura estará más allá del soporte pero la recepción es distinta. Soy un defensor de la cultura analógica. Lo digo con toda franqueza. Incluso les diría que soy un poco radical en eso. A mis amigos e interlocutores internacionales, cuando me mandan un documento, les digo que no: mándeme manuscritos impresos. Soy incapaz de leer en una pantalla. Y sobre todo en una relación cálida, que es como se debe leer. El soporte físico para mí tiene mucha importancia. Si tengo que compartir la cama con alguien que sea físicamente, y no de manera virtual.

Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba en los años setenta.

Volviendo a la pregunta inicial: Manuel Borrás ha sido conformado en la propia práctica de su ejercicio profesional, editorial. Como empecé muy joven, me he tenido que ir acostumbrando al efecto rectificador de la realidad. A mis alumnos siempre les digo que los editores literarios tienen que poner un proyecto cultural en marcha. Es decir, tienen que preguntarse: qué es lo que quieren hacer, y qué lugar pueden ocupar que nadie antes haya reparado en él. Un lugar que haya permanecido inédito. Esa es la idea desde la que partes. Un planteo ideal, que después se irá acomodando a la realidad. Cuando empezamos, yo tenía dos objetivos en la cabeza: primero la recuperación del exilio republicano español. España había sufrido una guerra terrible, muy cruel. Una parte de la mejor España se tuvo que ir, entre otras cosas, a América Latina, donde fueron acogidos maravillosamente. Y el segundo objetivo era América. Siempre me interesó América, no como una nota a pie de página de lo que se suponía la cultura oficial española, sino como algo vivo, independiente. Fue una revelación para mí leer a Rubén Darío. Fue una especie de eclosión. Era un poeta que en nuestra tradición española había supuesto un más allá. Por aquellos años, intuí que había algo, una semilla, que podía sernos muy útil desde la perspectiva peninsular.

Lo difícil era llevar a cabo el planteo ideal.
Primero me puse en contacto con gente del ámbito intelectual, y todos, al vernos tan jóvenes, nos apoyaban pero teníamos que tener un catálogo, y después nos darían un libro. Entonces yo respondía, con desesperación, pero cómo voy a tener un catálogo si ustedes no me dan un libro. Una cosa dependía de la otra. Salvo un viejo republicano español, vasco, que estaba viviendo en Córdoba, Argentina, que se llamaba Juan Larrea. Así como Rubén Darío supuso una gran revelación en mi adolescencia, el descubrimiento de César Vallejo fue la segunda revelación. Juan Larrea, en la ciudad de Córdoba, tenía una aula Vallejo. Habían sido muy amigos en París y había hecho varias revistas junto a Vallejo y Huidobro. Fue el primer exiliado que dijo: Manuel, me encanta contribuir precisamente a una empresa tan joven y ayudarlos a llevar adelante este precioso proyecto. Sin embargo, lo más importante fue focalizar nuestra mirada en otros lugares que no eran tan transitados. Y eso fue toda la cultura editorial francesa a la que también quiero reconocerlos. Los editores franceses –Gallimard, entre otros– no tuvieron inconveniente y nos vendieron los derechos para lengua española. Por eso, al principio, nos tildaron de afrancesados. Es que intentamos también, en una primera etapa, con los editores alemanes, italianos o anglosajones, pero los franceses fueron los primeros que creyeron en nosotros. Eso dice mucho de la cultura francesa que ahora está un poco en descrédito, pero la cultura francesa es una gran cultura de riesgo, y eso hay que agradecerlo.

Ante historias como la suya uno suele preguntarse cómo se formó esa mirada de lector.
Empecé a leer influenciado por mi madre. Ella nos leía desde pequeños: Antonio Machado, los romanceros, cosas muy diversas. Además había contratado a una cocinera que relataba historias maravillosamente bien. Entonces yo siempre digo que un niño, con una sensibilidad determinada, se vio indefectiblemente abocado a su condición de lector cuando recibió la literatura por las dos vías naturales: una por la escrita y otra por la oral. Los relatos que hacía Eugenia, la cocinera de casa, me dejaban fascinado. Luego, en la escuela, tuve la fortuna de tener un profesor, se llamaba Zillner, que me hizo amar la literatura y la cultura alemana. Era un verdadero pedagogo. Recuerdo que fue un inductor a la gran cultura alemana. El me inició en los clásicos, desde Schiller y Goethe, y me hizo amar esa fortaleza de la cultura alemana que también había sido un poco estigmatizada por el ascenso del nazismo. Ese fue otro elemento grande de influencia.

Y la formación de un lector nos lleva a preguntarnos qué es un editor.
Creo que el editor, en el sentido nietszcheano, tiene que ser como una esponja. Tiene que saber absorber todo lo que recibe y después, cuando expulse el agua sobrante, saber quedarse con lo mejor. Y no lo digo por falsa modestia, porque uno en definitiva cuantifica, valora y decide, pero por ejemplo para mí ha sido fundamental la influencia de muchos amigos mayores e incluso menores que me han puesto sobre la pista de autores y autoras realmente sensacionales. Entonces, en ese aspecto, un editor es un caleidoscopio que va acoplando las figuras y va creando determinados dibujos.

¿Qué modelo de editor tenía en mente cuando empezó Pre-Textos?
Siempre consideré la edición como un puente. Como una de las formas posibles de hacer pedagogía. Editar es mostrar a otros cosas que le han sido útiles a uno y en la medida que puede intenta compartirlas. Porque si no sería un movimiento totalmente egoísta. Si te sirvió, ¿por qué no habría de servirle a los demás? Seguramente a los otros no les habrá llegado la misma oportunidad que a ti. Entonces, hombre, estás obligado a compartirlo. Después si los otros lo quieren compartir o no, ese es otro problema. Todo niño o niña que tiene sensibilidad para la literatura, también se siente atraído a ser escritor. La mayoría de las personas tienden a imitar aquello que admiran. Pronto me di cuenta que no era mi caso: yo era un lector. Y tenía que defender esa causa. Es decir, que no todo lector tiene que ser necesariamente un escritor, como muchas veces ocurre. En mi país, levanto una piedra y me encuentro cuatro poetas. Pero claro, hay poetas y poetas.
Un editor empieza a ejercer la función del crítico. Queramos o no, un editor fija jerarquías. ¿Por qué? Porque elige esto en lugar de otra cosa, entonces es ineludible jerarquizar. Entonces la cosa se vuelve un poco más complicada. La pregunta que siempre me hacen es: ¿Cómo elige usted? Yo digo, y le digo a mis lectores (en la editorial tengo lectores mucho más jóvenes que yo porque es una forma de contrastar mi opinión, que soy de una generación más o menos consolidada, y eso me aporta perspectiva): quiero que lean de manera neutral. ¿Cómo se puede leer así? Es el modo en el que deberíamos tratar de leer. Sin pedir nada a cambio previamente. Eso es muy importante. Y creo que también lo es para el lector común. Es decir, no leas con ideas preconcebidas. No leas queriendo leer lo que no te están diciendo. Porque entonces entras en un conflicto. Sería un poco como, en vez de amar a alguien, amar la idea de amor que tú tienes y aplicársela a alguien. Estás condenado al fracaso. Y es lo que ocurre en muchos casos en el ámbito sentimental –a mí me ha ocurrido–. En un momento tienes que dejar respirar a la otra persona. Y yo creo que en esto es lo mismo. Hay que leer de manera neutral.

Sin embargo todos tenemos preferencias estéticas.
Es cierto, claro, pero también soy un editor de mi época. Y si tu época es poliédrica, tienes que ser un editor poliédrico. Ahora, ahí tienes una responsabilidad muy grande: de esas caras tienes que saber elegir la mejor parte. Porque de otro modo conviertes tu catálogo en un cajón de sastre en donde cabe de todo, nadie te identifica, y no puedes servirle a absolutamente a nadie. En el fondo lo importante es que un proyecto editorial se reconozca. Eso trato de decirles siempre a mis alumnos: que se los reconozca en este mar agitado, en el que hay miles de ofertas de miles editoriales distintas. Ahí tienes que brillar con luz propia. Eso es lo más complicado ahora. Mucho más complicado que cuando empecé en 1974. Aquellos años eran difíciles porque fueron los últimos coletazos del franquismo. Había una censura ideológica, pero esa censura ideológica ha evolucionado a través del tiempo, pero todavía peor porque se ha convertido en una censura ideológica a través de lo económico. Lo que yo podía hacer en los años setenta con una plata determinada, hoy lo tienes mucho más difícil aunque la tecnología les permita hacer libros desde el comedor de su casa. El problema empieza cuando estas editoriales, si sobreviven al primer impulso, puedan administrar un catálogo de quinientos títulos. Esa es la clave. Porque son quinientos elementos vivos que tienes que atender, y eso te obligará a multiplicar las servidumbres internas, y el proyecto empieza a complejizarse desde el punto de vista económico. Cuando me preguntan por qué ha sobrevivido Pre-Textos todo este tiempo respondo que el principal factor fue nuestro complejo de “Peter Pan”: siempre hemos intentado incorporar gente nueva, pagar los sueldos que corresponden y no trabajar a golpe de becarios. Es fundamental tener equipos que cumplan la meta que tienen prefigurada. Eso se consigue con el tiempo. No es que haya pasado tanta gente, pero han pasado: algunos se han identificado, otros menos. Pero al final, el pozo de los que se quedan va consolidando la empresa.

¿Alguna vez Pre-Textos fue criticada como una editorial elitista?
Nos han endilgado muchas veces como elitistas pero no lo somos. Siempre hemos intentado proyectarnos al mayor rango posible de lector. En principio porque teníamos que vender. Y luego, desde un lugar más ideológico, porque nos mueve esa razón pedagógica del editor. Nosotros queremos llegar a la mayor cantidad de gente posible porque pensamos que podemos intervenir en sus conciencias para llamar la atención.

Y en la manera de intervenir conciencias también aparece la seducción del editor.
Eso está relacionado con la idea anterior de que editar libros es una de las formas de hacer pedagogía. Yo creo que el pedagogo – y esto no lo dice Manuel Borrás, lo dice la historia– era el seductor. Enseñar es seducir. Pero claro, decirlo aquí entra en colisión con las instituciones. La institución no puede permitir, en el ámbito académico, que haya un seductor, porque es una figura vilipendiada y negada. Y ahí es donde yo creo que fracasa la educación, porque no hay verdaderos seductores. Cuando hablo de seductor no me refiero a la persona que tiene cierto poder y lo utiliza para su propio beneficio de manera vil. Al dar clases sabes del efecto de transferencia pero lo que tienes que saber neutralizar. O de qué manera orientarlo para que no pueda desviar la enseñanza. Entonces yo creo que es fundamental seducir y seducir comienza en la buena elección.

Un libro también tiene que seducir.
Siempre he priorizado el buen hacer físico, sobre todo porque en mi país se editaba muy feo. Eran libros horrorosos. Nosotros siempre pensamos en la tipografía, en la importancia del interlineado. Un libro se lee de distintas maneras según esté la caja armada de diferentes maneras. Un texto respira mucho mejor con un interlineado generoso. Hay veces en los que no lo permitimos porque queremos ahorrar papel, pero eso siempre redunda en cómo se lee. Por los problemas económicos, nos hemos acostumbrado al libro de usar y tirar pero creo que el libro tendría que ser todo lo contrario. Cuando un libro te ha acompañado lo que quieres es conservarlo. Es transmitirlo. Ahí radica también mi crítica a lo digital: puedes bajarte la Biblioteca de Alejandría de la nube pero eso no es transmisible.

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