El pianista enmascarado

En su nuevo libro, la cronista Leila Guerriero retrata al extraordinario pianista argentino Bruno Gelber, y consigue un equilibrio entre la develación del misterio y su exhibición.

ERNESTINA GODOY

Frente a la figura misteriosa y ambigua del virtuoso pianista argentino, Leila Guerriero oscila entre dos posibilidades: subrayar el carácter escurridizo del retratado o iluminar sus zonas oscuras. El resultado es un retrato despojado de los lugares comunes que acechan a la voluntad de buscar lo real detrás de lo visible, desplegado en las más de trescientas páginas de Opus Gelber, retrato de un pianista
Durante casi un año, Guerriero se acercó hasta el barrio de Once para encontrarse con el pianista, asistido por un pequeño staff y aislado del mundo debido a sus dolencias físicas. En cada encuentro, Gelber dispuso una mesa de té como decorado para el despliegue de sus anécdotas palaciegas. Esas meriendas desmesuradas son el indicador de que el objeto del retrato es, antes que un pianista virtuoso, un esteta. Los detalles acercan una imagen de su intimidad, y transmiten la preocupación del artista por la comida (“sobre la mesa hay budín, tarta casera, sándwiches, masas, dos jarras diminutas con edulcorante líquido”) y por los objetos que lo rodean inmediatamente (“un aparato eléctrico para ahuyentar mosquitos, carilinas, un huevo Fabergé, una pequeña pirámide de cristal, un reloj despertador, un rollo de cinta, dos nécessaires –uno negro, parecido a un maletín de médico chico; otro blanco– un kit completo de maquillaje: base, polvos, pinceles, delineadores, sombras”). Guerriero, cronista meticulosa, exhibe; el lector, testigo silencioso, juzga.

Rozando la biografía, la cronista repasa lo esencial de la vida del pianista. No faltan las menciones a Martha Argerich y Daniel Baremboim, a Mirtha Legrand, las referencias a las secuelas de la poliomelitis y al amor de su madre. En ese despliegue, Gelber repite anécdotas interesantes sólo para él y otras que involucran palacios extranjeros y a la farándula argentina; se desliza entre historias amorosas que no terminan de definirse; describe a su hermana con una precisión cruel y hasta opina de la vida privada de su entrevistadora. Guerriero se suma al ritmo que impone su entrevistado e interviene para subrayar contradicciones o cargar de sentido las palabras, los nombres y hasta los tonos al hablar. Sin embargo, lejos de limitarse a la redundancia biográfica, la información es utilizada para indicar los vértices de una historia no dicha: un curioso listado de ceremonias y recurrencias empiezan a construir, así, la imagen de un Gelber encantado de su propio infantilismo, asombrado de sí mismo y enamorado de lo voluptuoso.
Hacia la mitad del libro se vuelve claro que la búsqueda del hombre real detrás de la máscara de la fama no resulta relevante.

En una visita al baño personal del pianista, Guerriero recurre una vez más a la descripción minuciosa para anunciar el ingreso a la intimidad de Gelber: “Por debajo corre una repisa de vidrio extensa llena de cotonetes, frascos, tarros, pomos, potes que contienen geles, lociones, champús, sprays, cremas, casi todos de marcas nacionales no muy sofisticadas –Nivea, tío Nacho− excepto uno, de Shiseido. Junto al lavatorio hay una mesa de luz de madera y, encima, un nécessaire de cuero negro. Sobre el nécessaire hay un pequeño postizo de pelo color cobre”. Sin embargo, lo que parecía ser un acceso a la vida desnuda del prodigio es interrumpido por el anecdotario cristalizado y redundante de Gelber, una repetición que pone en tela de juicio la profundidad de esa intimidad conquistada. Sus maquillajes, sus operaciones, su cuidado físico, pero también la omisión de datos y cierta incongruencia en las historias colaboran en la construcción de esa imagen que Gelber porta a modo de máscara. La pregunta por lo real detrás de la apariencia permanece a lo largo del relato, hasta que vemos la máscara completamente disuelta.
La disposición de la mesa, la puntualidad de las citas, el atuendo para recibir a su retratista construyen otro vector, uno que se acerca más al arte de la representación. En el acercamiento sobrevuela una indeterminación, una ausencia que crea el deseo por definir un retrato más nítido. Hábil en la entrevista, Guerriero logra un delicado equilibrio entre la revelación, la narración y los límites propios del género. Con el sello de su arte, juega en los bordes de la pregunta sobre la identidad y el ser verdadero de Gelber: su habilidad le permite esquivar la tentación de una respuesta única.

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