¿Un escritor menor y popular?

En un mapa literario habitado por Thomas Mann, Marcel Proust, James Joyce y Franz Kafka, Stefan Zweig quedó relegado a un lugar marginal, pero la reedición de su obra permite leerlo de otra manera.

LUIS GUSMÁN

Stefan Zweig era un autor de nuestras madres, ya que sus libros producían en ellas, para utilizar dos de sus títulos, una Confusión de sentimientos e Impaciencia en el corazón. La reedición de su obra –que desde hace tiempo viene haciendo la editorial Acantilado– devuelve a la palabra acontecimiento todo el peso que la contemporaneidad –con la fugacidad de la noticia periodística y de las redes sociales– parece haberle arrebatado. Es un verdadero acontecimiento arrancar a un autor de su circulación ordinaria y volver a situarlo en otra. Es un acontecimiento, digo, porque significa volver a situar una obra en otra circulación de lectores y de lecturas.
Zweig nació en 1881. Antes que James Joyce, que nació al año siguiente. Incluso antes que Kafka, que nacería dos años después, en 1883. Podemos decir, entonces, que Zweig es precursor de Joyce y Kafka. Diez años antes que él había nacido Marcel Proust, y otros seis años antes el “dueño” de la lengua alemana: Thomas Mann. Zweig no iba a disponer de la lengua hasta llevarla al borde del inglés, como confiesa Joyce, ni a crear un mundo propio como el señor K, ni el universo prustiano, ni el clasicismo universal de Mann. En ese mapa literario era natural que fuera un escritor “menor” confinado a la novela psicológica.
La literatura suele producir esos equívocos. De esta manera, el destino de Zweig de ser un escritor menor y popular era casi inevitable. A veces tienen que pasar años para que una obra tenga la ocasión de volver a ser leída de otra manera. Y eso sucede ahora con Zweig.

Sigmund Freud admiraba uno de sus libros: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una historia que sucede en Montecarlo a lo largo de un día, entre un jugador del casino y esa mujer del título que se cruzan para vivir el comienzo y el fin de la aventura. Ni un solo beso, pero todo está en el aire: el amor, la salvación, el encuentro y la despedida. ¿Cuándo los autores de mi tiempo podrán hablar libremente de los sentimientos, sin avergonzarse de la emoción, y donde los personajes no sean devorados por la escritura? Podría detenerme también en Novela de ajedrez, esa en la que se cuenta el vértigo demorado de cada pieza inmóvil hasta que se pone en movimiento, un movimiento al parecer abrupto o demasiado lento. Como si el autor escribiera al mismo tiempo sus biografías de vida: María Estuardo, Freud, y con ese método cada género le despejara el camino al otro. Los personajes históricos dejan paso a las vidas de los seres más insignificantes.
Sin embargo, frente al estante de mi biblioteca que contiene sus libros, prefiero elegir una nouvelle que, en un género tan transitado y en un tema por demás tan escrito, se recorta con una verdad tan filosa que hiere desde los ojos hasta el corazón del lector. Me refiero a Mendel, el de los libros.

Mendel es un judío sentado en una mesa apartada del café vienés, Gluck. Y el narrador de la historia lo observa y describe la manera en que lee sus libros: de una manera talmúdica; es decir entre el rezo y el canturreo. “Allí, en aquella mesa y solo en ella, leía él sus catálogos y sus libros, tal y como le había enseñado en la escuela talmúdica, canturreando en voz baja y balanceándose: una cuna negra bamboleante”. Lee como si le cantara a un niño.
Zweig es capaz de esa simpleza descriptiva, una belleza deslumbrante y condensada en que las palabras en movimiento, como musitan sus labios al canturrear, exceden la inmovilidad de la simple descripción de una imagen. La cuna negra, metáfora de su vestimenta, me evoca no sólo el movimiento sino casi la dulzura adormecedora de una canción de cuna.
Mendel no leía como alimento espiritual ni para comprender ese mundo narrativo, leía como anticuario: “Aquella memoria específica retenía precios, páginas, créditos que atraían su atención”. Se lo podría considerar a Mendel como un antecesor de Funes, el memorioso, sólo que recuerda cada línea que ha leído no por una repetición monótona de un oído que no puede dejar de escuchar cada palabra sino por una memoria esclava de la mirada.
Mendel es enviado a un campo de concentración por ser acusado injustamente de colaborar con los enemigos del Imperio austrohúngaro.
De manera insólita, en el campo de concentración empieza a recibir correspondencia de sus clientes de todo el mundo. En esa máquina paranoica del campo, los sobres, los nombres, las direcciones, se vuelven un enigma en el que se cifran los mensajes del enemigo. Me detengo en ese punto en que el suspenso, guardián de la trama, se impone para no develar al futuro lector la sorpresa de la historia. La novela fue escrita en 1929. Sin duda, Zweig no se anticipó sino que captó, como suele pasar con muchos libros, un estado de cosas y de lengua por venir. Encerrado en el campo, Mendel sufrió el peor de los tormentos: no poder leer.

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