Tres libros de crítica para tiempos convulsos

Una selección de autores clásicos que reflexionan sobre la ética de la lectura, la universalidad mestiza y el lugar del enemigo en la filosofía política occidental

MARIA CELIA VÁZQUEZ

Crítica y verdad
Roland Barthes

Abro esta playlist con Roland Barthes, un clásico entre los clásicos. Lo primero que voy a aclarar es que la mayoría de sus libros me entusiasman. La lectura de Barthes me deslumbró desde el mismo momento en que lo descubrí en los años ochenta; a partir de ahí no lo abandoné más: vuelvo siempre a sus ensayos como se vuelve a los clásicos. Pero ese entusiasmo generalizado no me impide escoger un libro en particular. Por eso aquí voy a referirme al casi olvidado Crítica y verdad, el texto temprano donde encontramos al Barthes polemista disputando su lugar con la vieja crítica. A pesar del interés que tienen para mí tanto la figura del polemista como las polémicas en general, no es la pelea con Raymond Picard la razón que me lleva a escoger este ensayo del conjunto de una obra que me encanta. Mucho más que el Barthes punk y esa intervención que con el tiempo vendría a dar testimonio de que el campo de la crítica es también un campo de batalla me interesa el crítico que reflexiona sobre su propia práctica. Específicamente, me interesa la segunda parte del libro cuando se ocupa de la distinción entre crítica y lectura, ahí yo encuentro la insinuación de una ética de la lectura que se refiere menos a las condiciones de la crítica que a la configuración del crítico como una posición de sujeto cuya subjetividad se define en relación con la escritura. “El sujeto –escribe allí Barthes– no es una plenitud individual que podemos evacuar o no en el lenguaje sino un vacío en torno del cual el escritor teje una palabra infinitamente transformada”. En línea con este pensamiento que pone el foco en el lenguaje, o mejor en la relación del crítico con el lenguaje, proclama al crítico como un lector que escribe, alguien para quien su lectura está siempre mediada por la escritura. Esta figuración me gusta no sólo porque, tal como ocurre en el mejor de los casos (pienso en Alberto Giordano, por ejemplo), el crítico se convierte en un escritor, sino sobre todo porque en cuanto escritor el crítico debe cuestionar, poner en cuestión, interrogar y dejarse interrogar por el lenguaje. Desde esta perspectiva el lenguaje más que un instrumento de comunicación se convierte en un problema para quien al escribir tiene que pesar las palabras, construir una voz, encontrar una entonación.


Mestizajes
François Laplantine
Alexis Nouss

Mestizajes de Francois Laplantine y Alexis Nouss es otro libro que me impactó muchísimo; sabemos que no es precisamente un clásico sino más bien un trabajo que se destaca por su valor actual. Lo descubrí hace unos años en la casa de Ana Porrúa. Lo pispee y me interesó por varias cuestiones. Lo primero fue esa organización por entradas (como si fuese un diccionario) y el eclecticismo de los términos sobre el que se compone. Cuando lo leí me atrajo la manera en que desarma la supuesta identidad entre globalización, mundialización y universalidad mestiza. Pero, más allá de su importante andamiaje conceptual y de su lúcida aproximación a la contemporaneidad, lo que hoy reivindico sobre todo es el desarrollo y la ampliación de eso que los autores llaman “pensamiento mestizo”. Inspirada en ese pensamiento me imagino un modo de percepción de la crítica cuya mirada en lugar de buscar la reconciliación de los contrarios en una totalidad finalmente estabilizada priorice la partición, el intercambio y el movimiento. Me encanta la posibilidad de ensayar una crítica mestiza que no renuncie a las vacilaciones de la multiplicidad y de la singularidad, y que al mismo tiempo apele –como dicen Laplantine y Nouss– a conceptos y categorías “que son indefectiblemente objetos del afecto y de la percepción, según las define Deleuze”. Creo que este entusiasmo por los mestizajes en buena medida deriva de su rechazo manifiesto por las representaciones pretendidamente claras y definitivas. Lo mestizo permite pensar la inestabilidad y el desequilibrio que definen las identidades como lxs nuestrxs en tanto latinoamericanxs, atravesadas por las experiencias del desgarramiento y del conflicto.


Políticas de la amistad
Jacques Derrida

Otro autor que podría disputarle el primer puesto a Barthes es Jacques Derrida, aunque siempre me deja con la duda de si lo estaré leyendo bien. La deuda en este caso es con Analía Gerbaudo, quien en cierta ocasión me sugirió Dar el tiempo para pensar el don del perdón. Sobre todo me gusta mucho el último Derrida, ese que rastrea la política en los atajos podríamos decir; pienso, por ejemplo, en sus trabajos sobre los usos (“contar con los muertos”, valerse de ellos) del duelo o los fantasmas de la hospitalidad. En esta línea se encuentra un libro fundamental para mí: Políticas de la amistad, una suerte de manual de filosofía política occidental que reconstruye diversas configuraciones de comunidad y democracia bajo las figuras de la amistad. Según Derrida, los conceptos amigo/enemigo son intercambiables: “un concepto lleva el fantasma del otro. El enemigo al amigo, el amigo al enemigo”. Sin embargo defiende la tesis de que la figura del enemigo (no la del amigo) es la pieza clave de lo político. Lo político mismo, el ser político de lo político –advierte Derrida– surge en su posibilidad con la figura del enemigo. Más allá de que son planteamientos súper lúcidos para comprender los modos de funcionamiento de la política en el contexto de las democracias actuales, a mi entender, estas tesis aportan una perspectiva más que interesante para el análisis de las querellas culturales y de las figuraciones del polemista. Si la existencia misma de lo político depende de la invención del enemigo y lo contrario de la amistad en política no es la enemistad sino la hostilidad, entonces el polemos se convierte literalmente en guerra –más precisamente en una guerra verbal. Por otra parte, esa máquina de guerra retórica se corresponde con una concepción de la política como máquina de guerra binaria. Este esquema dual nos permite leer no solo la larga lista de antagonismos que se suceden en la historia política y cultural argentina sino también sus puntos ciegos.

María Celia Vázquez estudió Letras en la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca), realizó una Maestría en Letras Hispánicas en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se doctoró en la Universidad Nacional de Rosario. Actualmente se desempeña como docente en el área de Teoría Literaria en la Universidad Nacional del Sur. Se ha especializado en literatura argentina del siglo XX. Compiló con Alberto Giordano Las operaciones de la crítica y dirigió el volumen Debates intelectuales en el contexto del peronismo clásico. En 2017, obtuvo una mención honorífica, categoría ensayo, del Fondo Nacional de las Artes, por el libro Victoria Ocampo, cronista outsider, editado este año por Beatriz Viterbo y la Fundación Sur.

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