Barcelima

El escritor peruano Juan Manuel Chávez presenta aquí una serie de prosas breves que, desde la memoria y la crónica, testimonia la gestación de singularidades en común entre las dos ciudades

JUAN MANUEL CHAVEZ
Estació de França, Barcelona

Barcelima no es un lugar, es una sensación y suelo experimentarla a menudo. Sobreviene a partir de estímulos y acciones de la vida cotidiana que meten una ciudad en otra sin forzarlas, como el fluir de una confluencia trasatlántica. Hace un tiempo, por ejemplo, se presentó Cementerio general del poeta peruano Tulio Mora en la Librería Calders de Barcelona. No estuvo presente el autor en el lanzamiento de esta sexta edición hecha por Ediciones Sin Fin, pero sí el editor de la primera: Esteban Quiroz de Lluvia Editores, que la publicó treinta años atrás en Lima. También pasó por ahí Carlos Villacorta de la Universidad de Maine, de quien acaba de salir Poéticas de la ciudad, un libro en que se analiza a cuatro poetas de la década del sesenta; entre ellos, a Carmen Ollé. Al igual que Tulio Mora, Carmen Ollé ha sido publicada por Ediciones Sin Fin. En España, su Noches de adrenalina cuenta con el prólogo de Dunia Grass, profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Barcelona y responsable de la edición crítica de Redoble por Rancas de Manuel Scorza en Cátedra. Ella no sólo fue a la presentación sino que llegamos a la cita a pie desde el Patio de Letras de la Universidad. Entre lo mucho que hablamos, conversamos de librerías en Lima. Me contó que había estado en una nueva, que tomó fotos hasta del gato que deambula entre estantes y compró ahí dos bolsas.

Dunia Grass, antes de la Librería Calders, antes del encuentro con Esteban Quiroz y Carlos Villacorta en Barcelona, antes del libro de Tulio Mora frente a un público de tantos lados (y en ausencia del poeta, fallecido hace poco), sacó de su mochila un detalle que viajó desde Lima. “Es para ti”, dijo, mientras me alcanzaba la bolsa de tela que distingue a Librería Casatomada. Además de las fotografías que me compartió, trasplantó hasta aquí un recuerdo de allá; este regalo, que es preámbulo a una serie de intersecciones culturales, históricas, sociales y lingüísticas desencadenó esta sensación que llamo Barcelima: un conjunto de prosas breves que, desde la memoria y la crónica, testimonia la gestación de singularidades en común entre Barcelona y Lima (así como sus respectivos países). Este proyecto sobre dos ciudades distintas muestra, a partir de la aproximación literaria, que en lo diferente también se alberga lo similar y lo equivalente; así, Barcelima es una celebración de la curiosidad y el asombro, la ironía y la sensibilidad.

Y así, el escritor y su perrita grandulona se acomodaron por vez primera en un Rolls Royce con alas y sobrevolaron la serpiente de oro en la Amazonía, además de otras tierras y otras aguas hora tras hora. Entonces, dejaron atrás la ciudad sepia de sus querencias para la fusión familiar ante distinto mar y bajo el mismo sol.

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En la novela La tumba perdida de Cao, una historia que escribo desde 2010 y he abandonado tantas veces, la protagonista viaja en tren de Lima a Trujillo; un servicio ferroviario que en realidad no existe en el Perú. En esta licencia de mi ficción, Gabriela Fabbri recorre la costa hacia el norte con la mirada puesta en el Pacífico, también picotea un poemario, conversa con la gente de un coche a otro, incluso brinda con algunos pasajeros en el vagón-comedor. Ningún otro transporte me parecía más idóneo para la resolución de mi protagonista que el tren, pues avanza a ritmo sostenido y sin desvíos a descubrir qué sucedió con su madre, la antropóloga que enfrentó a huaqueros de las pirámides mochica. Cuando conocí la Estació de França en Barcelona, en la avenida del Marquès de l’Argentera, supe que ahí sucedería lo que mi narración ubica en Lima, porque hasta entonces no tenía una imagen concreta de cómo debía ser en volumen y edificación el punto de partida del viaje justiciero de Gabriella Fabbri; en esta ciudad aguardaba por mí un lugar imaginado.

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Fui al Carrefour Express del barrio de la Barceloneta a comprar una barra de pan, mermelada de frambuesa y otros caprichos. Dejé los seis productos en la faja de la caja y me dispuse a pagar. No llevaba efectivo y eché mano a la tarjeta de mi banco en el Perú. La chica leyó “Interbank” y me miró con atención. Es fácil: compatriota detecta compatriota.
“Soy de Lima”, le comenté, a gusto por el encuentro. Ella fue capaz de alegrarme más: “Yo del Callao”, afirmó con un deje español. De la tierra de mi mamá. Entonces, puse en práctica el grito chalaco de toda la vida con la intención de que lo completara conmigo; fijé mis ojos en ella y dije: “¡Chimpún…!”. Ella mantuvo su mirada en mí sin terminar la expresión que yo había iniciado. No dijo “Callao”. En la caja, tres personas esperaban en fila y al rato sería la hora de cerrar la tienda; imagino que llevaba parada no menos de seis horas. Sin dejar de lado su amabilidad, soltó una pregunta a la emoción de mi peruanidad: “Tú has llegado recién, ¿verdad?”.

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