El otro, el mismo

En su momento, Arnold Bennet fue despreciado por Virginia Woolf y el grupo de Bloombsbury pero Enterrado en vida (Impedimenta), una hilarante comedia de enredos, fue elogiada por Borges como una de sus grandes novelas domésticas

DIEGO ERLAN

Es de noche en un edificio del barrio londinense de South Kensington. Un hombre muere en la planta alta mientras otro, en la planta baja, paralizado por sus nervios, está por tomar una decisión que puede cambiar su vida. No es una escena policial, ni uno es el asesino ni el otro la víctima, pero en ese instante ambos destinos están al borde de un precipicio. El hombre que está nervioso tiene dos opciones: o acepta su identidad y lo que eso significa o cambia y toma la identidad del muerto. Esa decisión será vital para su entereza y, quizás, para su futuro. El hombre nervioso, atribulado por su sirviente que acaba de morir, es uno de los más grandes pintores vivos del Reino Unido, pero hasta ese momento había sabido mantenerse, como si fuera un Salinger de principios del siglo xx, en las sombras de la esfera pública. Todo el mundo conoce a Priam Farll pero, en realidad, nadie nunca lo vio. Nadie sabe cómo es. Nadie, ni siquiera, es consciente de su fortuna. Sus pinturas realistas (de policías, de pingüinos) son célebres en gran parte del mundo.

“Arnold Bennett”, retrato de J. Ridgway, Brampton Museum


De ese modo empieza Enterrado en vida (Impedimenta), la novela que Arnold Bennett escribió en dos meses y publicó en 1908 para ser elogiada por Borges. Un pintor de fama mundial que decide, empujado por una timidez extrema y una abrumadora incapacidad para interactuar con el mundo exterior, a ser otro. José “Pepín” Bello, quien supo ser la memoria de una generación descomunal de la cultura española, solía recordar que Dalí era incapaz de ir a una farmacia, como cualquier persona, y hacer sus compras. Salvador Dalí podría haber sido, en la ficción, Priam Farll. Y esa timidez lo lleva a tomar una decisión que lo convertirá en un extraño testigo de los homenajes, de los comentarios, del juicio estético de sus contemporáneos hacia su obra. Más o menos eso le ocurre a Priam Farll mientras asiste a su funeral en la catedral de Westminster.
Arnold Bennett es un maestro del fundido a negro. Su estilo utiliza la metáfora certera que funciona como puente para la acción de la trama. Una estructura que desconcierta en leves movimientos hacia adelante y hacia atrás, pero que construye una dinámica envolvente que sostiene un ritmo en busca de la resolución del enigma. Y el enigma, siempre, es: ¿y ahora qué? De ese modo, Enterrado en vida se convierte en una inolvidable comedia de enredos.

En su artículo “Is the novel decaying?”, publicado en 1923, Bennet escribía que para él una novela debía parecer verdad y consideraba que no podía parecer verdad si los personajes no parecían reales. “El estilo cuenta; el argumento cuenta; la invención cuenta; la originalidad de la perspectiva cuenta; la amplitud de la documentación. Pero nada de ello tiene tanta relevancia como la verosimilitud de los personajes. Si los personajes son reales, la novela tendrá alguna posibilidad; en caso contrario, estará condenada al olvido.” Era 1923. Bennett, heredero del realismo, se enfrentó estéticamente (y en una polémica pública) con Virginia Woolf y el círculo de Bloomsbury, para quienes el principal deseo de un novelista era “ser lo más inconsciente posible”. El tiempo permite releer hoy a Bennett lejos de las polémicas y las disputas literarias de su época. Quizás por eso, por haber escrito para vivir, pocos libros de Bennett pudieron sobrevivir al juicio de la historia. Este es uno de esos pocos.

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