“Habitamos un idioma en tensión”

Antes de presentar en Buenos Aires La biblioteca de agua, Clara Obligado habla sobre política, literatura y sobre las fronteras en un mundo neoliberal que empuja al desarraigo.

PAULA PUEBLA

Clara Obligado nació en Argentina pero vive en España desde el año 1976. Exiliada política durante la última dictadura militar, se convirtió en escritora para reparar con palabras una vida que le fue partida en dos. Novelista, ensayista, cuentista, editora y docente, ganadora de múltiples premios, la bisnieta de Rafael Obligado se promete a sí misma que cada libro que publica “es el último”, pero lleva más de catorce títulos y confiesa no poder evitar pensar en el próximo. A pocos metros del Obelisco, bajo un cielo que anunciaba la tormenta de Santa Rosa, la autora que visita nuestro país para presentar La biblioteca de agua (Páginas de Espuma) conversó con Cuaderno Waldhuter sobre política, literatura y la apertura de fronteras en un mundo neoliberal que empuja al desplazamiento y el desarraigo.

Hace tres años, en una entrevista con el diario La Nación, dijiste que sos escritora por tradición pero que, al mismo tiempo, habías roto esa tradición en tanto sos mujer y te dedicabas, además, a la prosa. ¿En qué momento esa ruptura fue deliberada y en qué momento fue, digamos, inconsciente?
Bueno, la ruptura con la tradición fue deliberada a nivel ideológico sobre todo. Yo me tuve que ir al exilio proviniendo de una familia muy de derecha. No quería ser escritora, no estaba en mis planes. Quería ser crítica y profesora. No denosto el peso de la tradición familiar porque la verdad es que aprendí mucho de eso. Pero me parece que fue algo que sucedió por el exilio también. Yo no soy escritora porque venga de una tradición de escritores sino porque me pasaron cosas que necesité contar. Y sí aprendí mucha literatura en mi familia, eso sin dudas. Pero también tuve que luchar bastante contra lugares comunes que se esperaba que yo cumpliera

¿Adjudicas esta decisión a tus ideas feministas también? ¿Está ese gen en la aseveración del camino rupturista que elegiste?
Sí, un gen llamado justicia. Yo soy feminista desde los 18 años y provengo de una familia muy machista. Tengo un libro anterior a este que se llama La muerte juega a los dados y empieza con la muerte de un patriarca y a partir de ahí se establece una genealogía femenina. Ahora mi familia está estableciendo una genealogía femenina con la aparición de María Obligado, la hermana de Rafael Obligado. Es el lado de las pintoras que hay en mi familia, que son mujeres y fueron olvidadas. Esto lo tuve claro desde bastante chica. De hecho, cuando militaba en Argentina trabajaba en el feminismo. Para mí es una manera de ser y de construirme, no es ni siquiera algo añadido. Es algo que siempre estuvo en mí de alguna manera

¿Cómo ves el movimiento feminista en Argentina?
En Argentina lo veo como todo lo que pasa en Argentina: bastante abrupto. Hace unos años yo venía y no había nada. Me parece que hay una separación muy fuerte entre lo que siente la gente que está movilizada y la sociedad en general. Creo que hay que hacer un camino en el medio también porque si no el feminismo se aísla, o es más atacado. Yo llegué a España en 1976 y en ese año había nueve mujeres que estaban siendo juzgadas porque habían abortado. Y en ese mismo año, un grupo de hombres sacó una carta que decía “Yo aborté”. El movimiento feminista allá en España lo vivo desde hace cuarenta años. Yo creo que son movimientos que fluctúan y son muy complejos pero están destinados a ganar también. De eso estoy totalmente segura.

¿Con el apoyo de los hombres?
Yo creo en eso. Yo creo que tiene que ser así. Es mi punto de vista. Creo en un feminismo inclusivo.

En Argentina es un debate muy grande la participación de los hombres en las movilizaciones, por ejemplo.
Me parece bien. En España también hubo discusiones. Es cierto que en algunos debates, cuando aparece un hombre ya es muy difícil hablar. Pero me parece que los chicos jóvenes son de otra manera y que es una lucha en la que vamos juntos. Para mí el feminismo no está unido directamente a nuestros genitales, por decirlo de alguna forma. Es algo más amplio y más complejo. Por supuesto que respeto otras posturas, porque es entre todos y todas también.

La biblioteca de agua (Páginas de Espuma) puede leerse como si fuera un libro de cuentos o como si fuera una novela fragmentada. Puede abordarse también de manera ordenada o aleatoria, sin que ello modifique la experiencia de lectura. Y en el final, en los agradecimientos, consignas que los textos fueron escritos en lugares diversos y en tiempos distintos. ¿Cómo fue el armado de los textos? ¿Cómo trabajaste eso que vos definís como una matrioshka, esa superposición de personajes, calles, edificios y objetos en esta especie de comunidad que creaste en tu último libro?
Trabajo cuatro años por libro y este es el tercer libro de un proyecto. O sea que sí sabía estructuralmente cómo sería, aunque no exactamente la figura en la que iba a convertirse. Sabía que estaba trabajando estos préstamos entre cuento, novela y microficción. Me interesaba una estructura desplazada para contar un mundo desplazado. No podemos contar lo que nos pasa con una estructura de siglo XIX. Entonces todo el tiempo intento forzar la forma para contar un mundo roto. Esa es mi búsqueda. En el primer libro de este proyecto dibujé una espiral logarítmica. En el segundo, un rompecabezas. Y este es una palíndroma, lo que imita es cómo se entra en una ciudad. A una ciudad se entra por cualquier lado, según te toque. También es un libro que cuestiona la lectura de la historia a nivel lineal. Es un libro que va calando, va profundizando y tiene en el centro un texto titulado “Construcción en abismo” que a su vez es la estructura misma del libro. Más que en historias, pienso en estructuras y después las relleno. Como si tuviera vasos a los que después les pongo dentro Coca-Cola.

Hacia el final del cuento que le da nombre al libro dice: “Si un libro no merecía ser quemado, acaso tampoco merecía la pena que hubiera sido escrito”. Al mismo tiempo, a lo largo de los textos, hay una insistencia sobre el sentido de la pérdida y los estragos de la pérdida. Se genera así un diálogo entre los elementos, el fuego y el agua. ¿Ves ahí un juego entre lo escrito y lo perdido? ¿Qué se salva en la escritura?
Bueno, yo no hubiera sido escritora si no hubiera perdido todo. Necesité escribir para construir un puente de palabras. No tenía ningún interés en escribir sino en leer. Creo que la palabra es una forma de reconstruir o, más bien, la imaginación que pienso es el lugar de la utopía hoy en día. Soy una especie de optimista radical. No porque sea idiota o sea Bucay y crea que el mundo es bello, sino porque me parece que sin la fuerza del optimismo no podemos crear o proyectar un mundo más feliz. Un mundo que no sé si llegará o no pero que tenemos que proyectar en todo caso. Me parece que la literatura pertenece a este mundo de ideas, un mundo que puede ser duro, sí, pero implica una confianza en el hecho de escribir. Porque escribir es una actividad ridícula. No te la pagan, es cansadora, te jorobás la espalda, uno no hace gimnasia, uno no hace vida sana. Es muy insano escribir pero la imaginación te salva de todo. Este libro empieza con un cuento que se llama “La imaginación” donde una chica, a partir de imaginar situaciones eróticas, termina convirtiendo en un gran amante a su marido que es un plomo. En casi todos los libros tengo esta moraleja: que la imaginación, aún en el peor de los momentos, nos puede salvar. Y sí creo que los libros merecerían ser quemados. Un libro importante es un libro que el poder querría quemar, que no estuviera. Esto se hacía de verdad, en la Inquisición, en la Guerra Civil española, en las dictaduras militares. Esos son los grandes libros, los que quieren quemar.

En el libro hay una impronta política bastante fuerte mezclada, matizada, entre las historias de los personajes. Hay persecuciones, dictaduras y exilios, militancias, guerras y bombardeos, olas migratorias. ¿Qué lugar ocupa en tu vida ―y en tu vida como escritora― la política? ¿Cómo marca la política tu escritura?
Este libro en realidad cuenta la historia de España, vista por mi ojo en los inmigrantes. Judíos, árabes, forman parte de la historia de España aunque muchas veces a los españoles no les guste nada reconocer estos orígenes. Podríamos hablar mucho, por ejemplo, de cómo les molesta hablar del origen árabe y prefieren que sea visigótico, pero bueno, el origen es lo que es, no es otro. También de cómo se olvida la Guerra Civil, cómo España no ha desenterrado a los muertos todavía. Este libro habla tanto de la memoria porque justamente soy argentina, un país donde sí se ha trabajado la memoria, y vivo en España, un lugar donde no se la ha trabajado nada. Si me preguntara qué puedo aportar a España, diría que es este debate. En el barrio en el que yo vivía todavía se ven los bombardeos de la guerra, está en las paredes la memoria de lo que pasó. Está pero, cada vez que lo ven, lo tapan. Y no hay una sola placa en Madrid que hable de la Guerra Civil. Es una desmemoria que tenemos que construir entre todos. Yo me considero una buena persona para abordar esto porque no estoy implicada a nivel familiar, soy extranjera. Pero sí sé escuchar y sí soy sensible a estos temas. El libro habla de la historia de España en la medida en que es una historia universal también.

También te has referido alguna vez a “la literatura como venganza, como forma de memoria y justicia poética”. ¿Pensás que parte de la justicia reside en resistir el olvido a través de lo que dejamos escrito? ¿Ves tus libros leídos dentro de cien años dentro del marco de una resistencia literaria?
Bueno, no sé si en años estaremos leyendo realmente. Quizás porque vengo de una familia con mucha tradición, soy una persona a la que la tradición no la impresiona demasiado. Yo me pienso a mí misma como una persona que colabora en lo político a través de la literatura. No porque sea una escritora política, porque no lo soy, ni me gusta la literatura política. Pero sí me gusta crear un ámbito de reflexión en torno a ciertos temas sobre los que no tengo una idea cerrada. Sino no escribiría sobre eso, sobre las cosas que sé. No escribo para afianzar tópicos, escribo para cuestionarlos, para abrirlos. ¿Cuál es la solución? No tengo la menor idea. Hay una frase que dice: “deséale a tu peor enemigo vivir un momento histórico interesante”. Yo viví varios momentos históricos interesantes. Sí me gusta, a partir de todo eso que viví, reflexionar sobre el pasado y el presente. No creo mucho en la línea temporal, eso es lo que pasa.

¿Qué es un libro para vos?
Para mí un libro es una manera de conocer el mundo. Para mí como escritora. Y es un trabajo chino. 

¿Y el silencio? En tus textos, el silencio es depositario de grandes tensiones, una especie de énfasis que hacés a través de la falta. ¿Cómo te las ingenias para subrayar el silencio en un oficio de palabras sobre todo cuando trabajas tanto sobre la memoria?
Ojalá supiera decírtelo. Para mí el silencio es un tema de investigación en este momento. Lo que pasa es que el material que voy leyendo está abordado del lado del yoga o lo religioso y yo no camino por ese lado. Quizás el silencio sea la manera de representar la ausencia y quizás el silencio sea la manera de subrayar las palabras también. Hay una frase de Clarice Lispector que yo no entendía y terminé entendiendo. Dice: “Yo escribo para ser leída en los renglones vacíos”. Creo que escribo por lo mismo, sugiriendo ideas que, en el silencio del texto, el lector haría bien en completar. Una literatura muy explícita me parece una literatura autoritaria también. El silencio me parece una zona de reflexión en un mundo tan lleno de palabras y creo que esto lo heredo bastante de unas antologías de microficción que hice. Me gusta muchísimo el género aunque lo practico muy poco. Y es un género basado en el silencio, igual que el poema. Por ese camino voy: no habría música sin silencios ni tampoco palabras sin callarnos. Qué nos callemos es fundamental. 

“Vivo en un país que se considera el dueño del idioma y yo soy una migrante y lo problematizo permanentemente”

Sos fundadora de un taller de escritura creativa muy prestigioso en España, que es ya una institución, y sos precursora del género microrrelato allá. Imagino que trabajas con mucha gente joven, que en estos cuarenta años has visto renovaciones generacionales atrás de esa pulsión literaria. ¿Qué ves en la literatura argentina de hoy que no veas en la española? ¿Qué rasgos sí tienen en común, qué seguimos teniendo en común en este mazacote que nos une?
Soy una persona no nacionalista, de manera militante, y me considero a mí misma extranjera. Ni española ni argentina. Dicho esto, creo que habitamos un mismo idioma. Un idioma cuestionado y tensionado desde una orilla, cosa que me parece maravillosa. Porque vivo en un país que se considera el dueño del idioma y yo soy una migrante y lo problematizo permanentemente. Si hay algo que no me caracteriza a mí es la prudencia, digo lo que se me pasa por la cabeza. Por otro lado, soy una escritora degenerada, en el sentido de que no tengo generación. Mi generación prácticamente murió. Entonces, la generación que sobrevivió en Argentina no se parece a mí, me parezco mucho más a los jóvenes. Es curioso porque tengo una lectura de la realidad, una manera de ver las cosas, que engancha con gente muy joven. Quizás la idea de generación no deba unirse a la edad. Me siento más próxima a Andrés Neuman, que tiene una situación más parecida a la mía, que se fue de Argentina. Además, me parece que en esta época la literatura es de las mujeres jóvenes. Esa es otra cosa que es incontestable. El otro día me decían “¿No ves que hay un fenómeno comercial?” y yo dije que sí, que sin dudas, pero hay una veta de oro también. Eso hay que reconocerlo. Entonces, si bien no me siento tan próxima a esta cosa tan dura que tienen a veces los jóvenes, porque yo reflexiono por otro lado, sí me siento muy próxima a su discurso. Y me parece que las fronteras se han roto. A Mónica Ojeda, por ejemplo, que es una escritora ecuatoriana que vive en España que me gusta muchísimo, le sucede algo parecido. Un ser mixto con problemas de migración. Creo que estamos unidos por el desplazamiento que produce un sistema neoliberal. En mi caso, que produjo una dictadura. Mis intereses son parecidos, es curioso, ¿no? Porque la verdad es que tengo muchos amigos de mi edad, los quiero mucho, pero no me siento parte de esa generación, no me parezco en nada. Por otro lado, conozco mi edad, no soy tonta. Sé que podría ser tu madre. Soy abuela. Soy muy consciente de mi momento pero a la vez mis intereses no están con una marca de edad.

¿Qué lugar cobra lo migratorio en la escritura? ¿Hay una literatura mestiza? ¿Y una lengua mestiza? En tu escritura hay una zona de neutralidad del lenguaje muy sofisticada y a la vez muy natural.
En los últimos tiempos han llegado al taller muchas chicas argentinas. Me di cuenta que naturalmente las aguas se hacen amigas, y está surgiendo una reflexión buenísima. Primero porque son muy solidarias y entonces llegan a un país que no las espera. España es un país durísimo, en contra de lo que se piensa. Ahora vino una chica que fue alumna de Hebe Uhart, a quien yo quería conocer y nunca conocí, y me trajo un libro mío subrayado por Hebe. Es precioso realmente cómo estas fronteras se van borrando, se van tejiendo naturalmente los hilos. Soy una persona que porque vivió una ruptura muy fuerte tiende a suturar. Siempre estoy suturando. Me parece que la literatura sucede en esa zona. Una zona de problematización del lenguaje, problematización del territorio, del género. Estamos en un terreno incierto y quizás los inmigrantes lo estamos físicamente. Creo que es la literatura del futuro porque el mundo se está moviendo. No es que haya migración, hay una auténtica diáspora en el mundo. ¿Cómo se cuenta la diáspora? ¿Los árabes tienen buenas soluciones? ¿Los palestinos tienen buenas soluciones? Quizás hay que buscar mucho más afuera de lo que pensamos, ¿no?

Romper con esa tradición foquista de la literatura…
No sirve, claro. Todo esto lo empecé a pensar leyendo mujeres árabes. Donde el problema es múltiple, tienen varias lenguas, machismo feroz, amplificado, y son grandísimas escritoras que viven fuera. Durante varios años, sólo leía escritores transterrados. Esos se parecen a mí: esa es mi generación.

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