Silvio Mattoni

Es doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, donde da clases de Estética. Publicó, entre otros, en poesía: El bizantino (1994), El país de las larvas (2001), Hilos (2002), Poemas sentimentales (2005), Excursiones (2006), El descuido (2007), La división del día. Poemas 1992-2000 (2008), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes (2012), Avenida de Mayo (2012) y Peluquería masculina (2013). Los ensayos: Koré (2000), El cuenco de plata (2003), El presente (2008) y Camino de agua (2013). Investigador del CONICET. Tradujo a Michaux, Bataille, Ponge, Duras, Diderot, Pavese, Luzi, Quignard, Bonnefoy, Artaud y Clément Rosset, entre otros. Recibió el Primer premio del Concurso de poesía Enrique Pezzoni en 1992, el Primer premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes en 2007 y 2012, la Beca Guggenheim en 2004.

Los 5 mejores libros de poemas de comienzos del milenio


Potlatch de Arturo Carrera. Interzona, Buenos Aires, 2004.

Libro culminante en la obra de Arturo Carrera, que es inagotable y deslumbrante. Se trata del dinero, la plata (o el oro), a través de los recuerdos de la niñez y de las primeras sensaciones de ese contacto metafórico, monetario, brillante y excrementicio a la vez. Pero además los poemas, los estados sentimentales intensos que despliegan, van acompañados de teorías sobre el gasto y el capital y de una etnografía oral, de entrevistas anónimas a personas que hablan de sus experiencias infantiles con el dinero. Para leer y disfrutar, pero sin dejar de pensar.


La tomadora de café de Laura Wittner. Vox, Bahía Blanca, 2004.

Una joven madre escribe mientras su hijo duerme, anota cosas mientras lo mira dormir. Pero también se acuerda de los encuentros amorosos, de las amistades y las distancias. Y no se olvida de hablar con sus parientes ausentes, que vuelven y escuchan, como ella que siempre está atenta al despertar del niño. No es fácil ser doméstico, estar siempre en la casa, y mucho menos escribir un libro espléndido con esa sencillez elocuente.


Maternidad Sardá de Martín Rodríguez. Vox, Bahía Blanca, 2005.

El gran edificio público que le da título al libro se levanta como una diosa de la fertilidad en un barrio que se tiñe de sus colores. Nacen niños todo el tiempo, pero también mueren o se malogran. La suerte avanza rítmicamente por esos pasillos siempre agitados. La voz del poeta hace hablar a los otros, enfermeras, madres, nodrizas, parteras. Los fetos cantan como gallos al amanecer para empezar a ser otra cosa, recién nacidos. Uno de los mejores libros de un poeta singular, el más imaginativo de su generación.


El zigzag de las instituciones de Marina Mariasch. Vox, Bahía Blanca, 2009.

Una chica se acuerda de su juventud, pero en el pleno ejercicio de ese encanto que no dan los años. Recuerda que se casó, que pasó por otras instituciones antes (familia, escuela, literatura), en el mismo momento en que los matrimonios se disuelven. Las canciones del tiempo le susurran fragmentos de su propia memoria, mientras crecen sus hijos que no son en absoluto instituciones, que son lo real en su aparición más fulgurante. Un libro para afirmar la voz con el ritmo de lo que vendrá.


Un hotel con mi nombre de Cecilia Pavón. Mansalva, Buenos Aires, 2012.

Son los poemas reunidos desde la época de “Belleza y Felicidad”, aquel grito hedonista y jovial, antisacrificial de finales del siglo. Pero en la serie se entrevé mucho más que una suerte de esteticismo novedoso, hay un pensamiento. La visión de un espejo es motivo de introspección, el encuentro del amor es causa de la existencia y por ende se delimita con cuidado. Los amigos son nombres que también se escriben porque nunca dejan de cultivar sus vidas como obras. Y los poemas sólo tienen sentido si hablan de la vida. Un libro que registra con agilidad y agudeza los mejores años del mundo: todo se acababa y todo estaba por empezar.

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