El hogar imposible

La relación entre una madre y su hija durante un desarraigo obligado es la historia que Mavis Gallant narra en Agua verde, cielo verde (Impedimenta), debut de la escritora canadiense en 1959.

BRENDA ALGOZINO
Mavis Gallant. Imagen: John Morstad

No es difícil entender por qué a los escritores les atrae construir la figura materna: en ella se conjuga gran parte de la felicidad, la nostalgia y la tristeza que constituye al ser humano. Las relaciones entre madres e hijos suelen ser complejas y fascinantes y por eso mismo una gran sustancia literaria. En la historia de la literatura hay madres que encierran a sus hijas (La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca), algunas que despiertan en su única hija la más absoluta ambivalencia y necesidad de diferenciarse (Apegos feroces, de Vivian Gornick) y también otras cuya obsesión por el control y el cuidado pone en riesgo la integridad de sí misma (Distancia de rescate, de Samanta Schweblin).

La escritora canadiense Mavis Gallant ha agregado una pieza más a esa serie de madres que pisan fuerte en la historia de la literatura. Agua verde, cielo verde constituyó su debut novelístico en 1959 y fue escrita en París, ciudad donde se mudó en 1950 para dedicarse por completo a la literatura. Durante su vida, escribió dos novelas, una compilación de textos de no ficción y más de cien relatos que fueron publicados en su mayoría en The New Yorker, convirtiéndose así en una de las pocas voces canadienses junto con Alice Munro publicadas con regularidad en esa revista.
Agua verde, cielo verde es la historia de una madre y una hija unidas por el desarraigo obligado. Divorciada en una época en la que el matrimonio otorgaba mucho más que identidad, Bonnie siente la humillación del abandono a tal punto de verse imposibilitada de vivir en su país, Estados Unidos, y decide que su pequeña hija Florence se convierta en su principal prioridad mientras emprenden una vida nómade por Europa.
A lo largo de la novela somos testigos de cuatro momentos diferentes en la vida de Bonnie y Florence que incluyen vacaciones en Venecia, paseos por París y una estadía en las playas de Cannes. Ambas pasan sus días en las ciudades europeas sin permanecer demasiado tiempo en ninguna de ellas. A los ojos de los demás personajes –cuyas voces aparecen en la novela– dan la impresión de tener una vida soñada al modo de El gran Gatsby pero no es necesario ser demasiado observador para caer en la cuenta que, de lo que carecen, es justamente de un hogar que brinde refugio. La relación madre-hija se perfila como el hogar imposible de encontrar, pero es endeble y sus paredes parecen estar continuamente a punto de desvanecerse.
Sin orden cronológico, los capítulos que componen esta historia nos permiten ir completando piezas de dos vidas caracterizadas por los lazos sociales fugaces, intermitentes y repletos de despedidas. El segundo capítulo es el que toca más la sensibilidad del lector y por ello se destaca en comparación al resto de la novela. Con un estilo ágil y potente a la vez, Gallant retrata un momento perturbador en la vida de Florence. Ya casada, viviendo en París junto a su marido y, por supuesto, su madre, Florence llega al límite de la fragilidad.

La prosa de Gallant logra transmitir perturbación en medio de un amor materno que, de tan intenso, agobia.

En “Duelo y melancolía”, un texto que se remonta a 1915 pero cuya vigencia aún es inagotable, Sigmund Freud afirma que el duelo es, ante todo, una reacción ante la pérdida, pero no sólo de la persona amada. Podemos experimentar la pérdida de una persona, pero también de un sin fin de abstracciones: un ideal, la libertad y hasta de la patria. Cuando el duelo se convierte en melancolía hay un solo paso hacia el reclutamiento en sí mismo y la perturbación de todo sentimiento. La prosa de Gallant logra transmitir dicha perturbación en medio de un amor materno que, de tan intenso, agobia. El mismo desarraigo que une a las protagonistas de Agua verde, cielo verde es aquel que las separa, dando por resultado una lectura que nos lleva a pensar en la soledad, la melancolía, el sin sentido y hasta la locura misma con los surcos que marca en toda naturaleza humana.

Compartir