Un aventurero de guante blanco

Una observación minuciosa y delicada convirtieron a John McPhee en una de las grandes plumas secretas del Nuevo Periodismo. En su libro Los niveles del juego narra un legendario partido de tenis del primer US Open de la historia.

FERNANDO KRAPP
El escritor John McPhee en 2018, en su oficina de Guyot Hall en la Universidad de Princeton. Imagen: Bryan Anselm/Redux for Time

En periodismo hubo un antes y un después durante los años sesenta y setenta; fueron tiempos del boom del nuevo periodismo americano. Aparecían nuevas revistas, como Esquire o Rolling Stone, que habilitaban a los periodistas más espacio para experimentar con textos largos y más arriesgados. Diversos periodistas, que detentan una suerte de canon, colaron técnicas literarias a una forma que parecía atrapada entre la noticia y la comunicación. Hunter Thompson hizo del soliloquio una bandera para su gonzo. Norman Mailer se metía en la cabeza de un asesino. Gay Talese vistió con elegancia textos que hablaban sobre mafia y modas sexuales. Y Joan Didion hacía su entrada en la contracultura americana con un posgrado en literatura francesa bajo el brazo.
De todos los nombres que vuelven cada vez que se intenta reflotar este pequeño gran hito del periodismo mundial, pocas veces se menciona a John McPhee. Si se lo googlea, aparecerá en las fotos un hombre flacucho, anteojos de marco grueso y pelo prolijo. No tiene ese gesto performático que tenían los escritores mencionados antes; no fumaba con boquilla, no vestía de manera impecable, jamás se hubiera pensado en él para una carrera de modelaje. Su aspecto físico está más cercano al de un profesor universitario de carrera que a un periodista gonzo. No estaría tan alejado de la verdad: McPhee fue en rigor un profesor y un maestro de la segunda camada de periodistas narrativos: William Finnegan, Susan Orlean y Jon Krakauer.
La obra de McPhee es extensa y variopinta aunque podríamos reducir sus temas a dos: los deportes y la naturaleza. Durante mucho tiempo se pensó en él como vocero periodístico de teorías científicas, pero su prosa sofisticada, siempre obsesionada por la claridad de las imágenes, por la forma de presentar a los personajes y de construirlos, por la arquitectura de su draft, escapa a la simple divulgación. McPhee es un aventurero de guante blanco. Se subió a un barco pesquero para indagar en los cambios de la marina mercante americana en Looking for a Ship. Durante años acompañó a geólogos en busca de oro negro y reveló los cambios profundos que sufrió el oeste norteamericano en una saga de cuatro libros. Vivió durante meses en Alaska en donde retrató expediciones científicas, cazó focas y vivió con exiliados americanos que escapaban de las metrópolis en expansión. Cuando todo el mundo se estaba metiendo LSD en la cabeza, McPhee volvía una y otra vez sobre Henry Thoreau y John Muir, para rescribirlos y repensar una década atravesada por cambios culturales profundos, por el avance de la contaminación, el ambientalismo y la pérdida de los espacios salvajes.

Tiene libros de temáticas extrañas que a simple vista parecen de nula importancia pero bajo la lupa de su prosa y de su investigación revelan facetas y combinaciones novedosas. Por ejemplo Oranges, en donde repasa la historia de Estados Unidos tomando como referencia el jugo de naranja. O los vericuetos de la física cuántica en un puñado de científicos en The curve of binding energy. De todos sus libros, el único libro que se consigue en español se titula Los niveles del juego publicado por la editorial Dioptrías 

Allí retrata uno de los partidos más emblemáticos del tenis norteamericano que se disputó el verano de 1968 en pleno conflicto racial: el primer US Open de la historia. De un lado estaba Arthur Ashe. Afroamericano y demócrata, Ashe venía de una familia de trabajadores del sur de Estados Unidos. Su estilo de juego era ágil y libre. Su cuerpo traía una vitalidad nueva y extraña al acartonado mundo del tenis. Del otro lado, Clark Graebner empuñaba su raqueta con astucia y clase; conservador y blanco, representaba el viejo mundo de clase alta. Por esos años, John McPhee había publicado un extenso retrato del basquetbolista Bill Bradley en la revista New Yorker (años después lo convirtió en un libro titulado A sense of where you are) y fue rápidamente asignado dentro del staff como periodista estable. El primer encargo que recibió fue cubrir este partido.

En Los niveles del juego, McPhee convierte un partido de tenis en una experiencia plástica de lectura.

En su relato McPhee fue aún más allá del marco social que suponía el histórico enfrentamiento entre un tenista blanco y uno negro. Convirtió el partido en una experiencia plástica de lectura. Las descripciones breves, sintéticas, directas, de los movimientos de los jugadores, transforman la batalla tenística en una postal en slow motion. La experiencia de lectura es puramente sensorial, como un baile calculado, en donde McPhee experimenta con adjetivos excéntricos que aletargan el devenir de la acción; no necesita opinar a lo Thompson o de pegarse a los jugadores como una mosca. Le vale con su observación minuciosa y delicada. Con Los niveles del juego, McPhee sellaría su estilo depurado, capaz de capturar y estirar un detalle en el medio de un maremoto de imágenes y sonidos. En ese cambio tan ligero e imperceptible, pero fundacional para su propia mirada y su escritura, se esconde el arte de McPhee: no le interesa retratar los grandes movimientos sociales que conmovieron a Estados Unidos durante los sesentas y setentas como a Norman Mailer o a Tom Wolfe, sino que su búsqueda está en lo que parece nimio y desconocido e incluso aburrido; aquello que se pierde o se olvida pero que a su modo, alumbradas por su escritura, dan cuenta de una época.

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