¿Qué hacer frente a un mundo devastado?

Los recientes incendios en el Amazonas convierten al libro Seguir con el problema (Consonni), de Donna Haraway, en un análisis imprescindible para entender nuestro tiempo.

VICTORIA D’ARC
Donna J. Haraway. Imagen Juan Santacruz

La historia intelectual de Donna Haraway es inductiva por antonomasia. Interesada desde siempre por la biología (se graduó en Zoología y Filosofía en 1966), empezó a trabajar primero en el desarrollo celular y luego, a mediados de los años setenta, inició sus investigaciones sobre los primates. En el contexto de los debates en torno al feminismo estadounidense, de la carrera espacial y de las investigaciones científicas en torno a ciertas enfermedades, analizar el comportamiento de estos animales le sirvió como matriz para comprender cuestiones de violencia sexual y dominación pero también aspectos morales: ¿se podían entrenar monos y chimpancés como sustitutos del hombre? ¿podían utilizarse miles de riñones de chimpancés para investigar sobre la poliomelitis? ¿podían utilizarse monos para experimentos atroces como saber cuánta radiación soportarían como pilotos de avión? Uno se hace esta última pregunta y vuelve a la infancia, cuando miraba los sábados a la tarde esa película Proyecto X (1987) de Jonathan Kaplan, en la que Matthew Broderick salva chimpancés utilizados en simuladores de vuelo del gobierno estadounidense. Eran debates que Haraway ya había propuesto diez años antes.
Cuando se doctoró en el Departamento de Biología de Yale en 1972, Haraway escribió su tesis sobre las funciones de la metáfora en la configuración de la investigación en biología del desarrollo en el siglo xx y en su carrera, una de las principales metáforas que planteó para agitar todo el pensamiento occidental fue la del cyborg. En su Manifiesto cyborg (1983) articula desde la ironía una reflexión sobre el cuerpo y el género. Haraway entiende que el cuerpo contemporáneo es una entidad tecnoviva multiconectada que incorpora tecnología. Ni organismo, ni máquina, ni naturaleza, ni cultura: tecnocuerpo. Un cyborg –escribe– es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción. “La realidad social es el conjunto de nuestras relaciones sociales vividas, nuestra construcción política más importante, un mundo cambiante de ficción. Los movimientos internacionales feministas han construido la ‘experiencia de las mujeres’ y, asimismo, han destapado o descubierto este objeto colectivo crucial. Tal experiencia es una ficción y un hecho político de gran importancia. La liberación se basa en la construcción de la conciencia, de la comprensión imaginativa de la opresión y, también, de lo posible. El cyborg es materia de ficción y experiencia viva que cambia lo que importa como experiencia de las mujeres a finales de este siglo. Se trata de una lucha a muerte, pero las fronteras entre ciencia ficción y realidad social son una ilusión óptica. La ciencia ficción contemporánea está llena de cyborgs –criaturas que son simultáneamente animal y máquina, que viven en mundos ambiguamente naturales y artificiales. La medicina moderna está asimismo llena de cyborgs, de acoplamientos entre organismo y máquina, cada uno de ellos concebido como un objeto codificado, en una intimidad y con un poder que no existían en la historia de la sexualidad. El ‘sexo’ del cyborg restaura algo del hermoso barroquismo reproductor de los heléchos e invertebrados (magníficos profilácticos orgánicos contra la heterosexualidad).”

Seguir con el problema (Consonni), Donna J. Haraway.

Al leer fragmentos como este entendemos que no es casual que Paul B. Preciado se entusiasme tanto con este pensamiento y considere que Seguir con el problema (Consonni), el libro más reciente de Haraway traducido al español, sea “la biblia del nuevo pensamiento interespecies”. En este nuevo trabajo publicado en 2016 por Duke University, Haraway está en contra del cinismo amargo de gran parte de la comunidad científica. “Creemos que sabemos lo suficiente como para llegar a la conclusión de que la vida en la tierra que incluye a las personas de una manera tolerable ha llegado realmente a su fin, que realmente se acerca el Apocalipsis. Tiene sentido, sin duda, en medio de la sexta gran extinción de la tierra y de abrumadoras guerras, extracciones y pauperizaciones de miles de millones de personas y seres vivos por algo llamado “beneficio” o “poder” o, de hecho, algo llamado ‘Dios’. Sin embargo, el libro y la idea de “seguir con el problema” se impacientan especialmente con dos respuestas a los horrores del Antropoceno y el Capitaloceno que Haraway oye con demasiada frecuencia. Así lo explica: “La primera es fácil de describir y –creo– de descartar: se trata de la fe cómica en las soluciones tecnológicas, ya sean seculares o religiosas. De alguna manera, la tecnología vendrá al rescate de sus traviesas pero astutas criaturas o, lo que vendría a ser lo mismo, Dios vendrá al rescate de sus desobedientes pero siempre esperanzadoras criaturas. Ante esta conmovedora estupidez sobre las soluciones tecnológicas (o el tecno-Apocalipsis), a veces es difícil recordar que sigue siendo importante el sumarse a proyectos tecnológicos situados y a sus gentes. No son el enemigo, pueden hacer muchas cosas importantes para seguir con el problema y generar raros parentescos generativos.”

Haraway apunta a descartar esa idea de “game over” en la que es demasiado tarde y no tiene sentido intentar mejorar nada.

Por otro parte, la segunda respuesta, más difícil de descartar para ella, es probablemente aún más destructiva: esa sensación de game over, en la que se da por terminado el juego, en la que es demasiado tarde y no tiene sentido intentar mejorar nada, “o al menos no tiene sentido tener una confianza activa recíproca en trabajar y jugar por un mundo renaciente”. Aquí, Haraway articula una nueva metáfora, una nueva palabra-fuerza que es la del Chthuluceno: una palabra simple compuesta de dos raíces griegas (khthon y kainos) que juntas nombran un tipo de espacio-tiempo para aprender a seguir con el problema de vivir y morir con “respons-habilidad” en una tierra dañada. Paul B. Preciado llama a Donna Haraway la Tomás Moro del presente y a su Chthuluceno, la utopía de una nueva alianza entre especies que se organiza para revitalizar un planeta devastado por el capitalismo patriarcal. “Consciente de la potencia transformadora del relato, Haraway inventa una nueva gramática de la interdependencia y de la hibridación. Un lenguaje indispensable para pensar el cambio de paradigma planetario en el que estamos inmersos.” En este libro, Haraway expone una nueva etapa de sus investigaciones y sus intereses actuales están focalizados en las luchas por la soberanía sobre la tierra y el agua. “Estoy concentrada en la crisis de extinción y exterminación de escala global –dice–, en los desplazamientos humanos y en los no humanos, y en el desamparo.” Frente a las devastadoras imágenes de los incendios en el Amazonas, este libro entonces se vuelve urgente, necesario, imprescindible.