Las casas de papel

VICTORIA D’ARC

Todas las semanas, el periódico inglés The Guardian tiene una sección llamada “Writer’s room” donde importantes escritores describen la habitación donde trabajan. El texto siempre está acompañado con una imagen del lugar: la silla, la mesa, los libros. Ninguna persona pero los rastros de esa persona que trabaja se encuentran de manera inevitable en la imagen. Recuerdo con cierta fascinación la habitación del caótico Will Self con un mapa enorme sobre la cortina de la ventana, una silla desvencijada, medio de oficina, y cientos de post-it amarillos pegados en las paredes y una computadora diminuta perdida entre los papeles del escritorio de madera. Otra imagen, totalmente diferente, es la del escritorio de Edna O’Brien: en un rincón al parecer del living, un escritorio de madera de madroño, junto a un hogar prendido,junto a alfombras, plantas, mesas ratonas, muebles que podría tener esa abuela que nunca conocí y una silla moderna. Combinación extraña. El lugar de trabajo del historiador Antony Beevor tiene algo cálido pero también parece el bunker de un oficial de ejército preparando su próxima batalla. Uno de mis escritorios favoritos es el de Al Alvarez, ese mismo en el que escribe desde los cuarenta años y hoy, a los noventa, sigue desatando esa pulsión ensayística impredecible. Al ver el espacio advierto los libros de la biblioteca: parecen los estantes de una librería de usadosde Avenida de Mayo: lomos amarillentos, páginas quebradizas, aroma a misterio.

El lugar donde alguien escribe está rodeado de mística: como si ese espacio tuviera una energía particular, como si mantuviera encerrada a las musas que se le presentaron al artista

¿Quién no hubiese querido espiar el interior de la casa en el bosque en la que escribía Salinger en Cornish? Hace unos años, después de su muerte, me enteré a través del New Yorker que el ilustrador Harry Bliss había creado, en ese lugar, una residencia para autores de cómic, The Cornish CCS Residency. El lugar donde alguien escribe está rodeado de mística: como si ese espacio tuviera una energía particular, como si mantuviera encerrada a las musas que se le presentaron al artista. Algo de eso también rodea a las casas de lxs escritorxs. ¿Dónde vivieron? ¿Qué podían ver desde la ventana de su habitación mientras la página en blanco se volvía angustia? ¿Qué paredes lxs rodeaban, qué teclas tocaban para componer sus obras? Ese fetichismo material es lo que convierte a ciertas casas en museos. Orchard House, por ejemplo, la casa donde los Alcott pasaron dieciocho años, la misma donde se casó Anna, donde la familia atravesó la guerra y donde Louisa May Alcott escribió Mujercitas se volvió un lugar de peregrinación.

Ese mismo espíritu encontré hace unos días en la obra de la artista Su Blackwell (Sheffield, Inglaterra, 1975). Un meticuloso trabajo de calado sobre páginas de libros viejos revela las siluetas de casas de esas escritoras que cultivaron su imaginación: Charlotte Brönte, Jane Austen y Daphne Du Maurier. No es casual que empezara esa serie luego de fascinarse con “Writer’s room”: las habitaciones como una forma de inmiscuirse en la mente de los creadores. Ese interés se relaciona también con los comienzos de su trabajo: sus ideas se disparan primero a partir de cuentos de hadas y el folclore de su región para crear una suerte de dioramas tridimensionales. Ella suele decir que para las ilustraciones recortadas tiende a inclinarse hacia los personajes de chicas jóvenes, colocándolos en entornos inquietantes y frágiles, como una forma de expresar la vulnerabilidad de la infancia, al tiempo que transmite una sensación de ansiedad y asombro infantil. Allí están sus escenas de Pinocho, de Las mil y una noches, el bosque de Caperucita. Sus piezas, además, exhiben cierta melancolía representada a partir del material utilizado y los colores sutiles. De este modo, la obra de Blackwell convierte a los libros abiertos en escenario donde la imaginación se manifiesta. ¿No es eso acaso lo que esperamos sentir al ingresar a la casa de nuestros autores admirados? ¿No es eso lo que esperamos sentir al abrir las páginas de sus libros?

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