El alemán

LTI, el libro del filólogo Victor Klemperer sobre la lengua del Tercer Reich, echa luz sobre los modos en que las experiencias políticas, económicas y sociales hacen cuerpo en la lenguaje, ese espacio compartido donde lo concreto de la verdad se conoce y se combate

VALENTIN DIAZ
Soldado alemán en el frente ruso leyendo el periódico Das Reich en 1941.

Me caen mal los recomendadores de libros: “tenés que leer esto”, dicen, o peor: “tienen que leer esto”. Sé que después de escuchar eso ya nunca jamás siquiera consideraré la posibilidad de hojear ese libro. O aún peor, el que para recomendar acusa: “¿no leíste aquello?”, y pone cara. ¿Por qué me resultan tan odiosas esas sentencias, si después de todo pueden estar movidas por las mejores intenciones? Supongo que es no tanto la jactancia del que recomienda cuanto los presupuestos de esa cultura de la recomendación (que acepto con felicidad cuando se trata de comida, cine o piezas de bicicleta). El recomendador de libros cree que el hecho de haber transitado determinadas páginas le da derecho de instar a otro a hacer lo mismo. ¿Pero es lo mismo? ¿A quién se le ocurre que lo que el azar te impuso debe ser también mi azar y que leeremos lo mismo? ¿A quién se le ocurre que lo que hoy, de entre todos los días posibles, tuvo un determinado sentido para vos podría llegar a tenerlo también hoy para mí?
Prefiero el relato, el capricho y la lectura. Hace algunos años empecé a estudiar alemán. Justo cuando ya se había hecho demasiado tarde para mí, cuando todo aquello por lo que podría haber querido hacerlo había ya perdido sentido, cuando una y otra vez había confirmado que el acceso a las “fuentes” muchas veces era más una superstición académica que un acceso a verdades que el lector de traducciones ve sin ver como el miope que una mañana no logra dar con sus anteojos y si bien sabe que el mundo sigue ahí –incluso distingue sus sombras brumosas– no puede confirmarlo, justo ese día, o incluso algunos más tarde, empecé a estudiar alemán.
La razón fue un libro, pero no tomé la decisión, como podría haber esperado, bajo el efecto de la lectura de Benjamin, Thomas Mann, Sebald o Kafka, tampoco Nietzsche, Schnitzler, Brecht o Tucholsky. Fue algo bastante más modesto, pero quizás por eso mucho más poderoso. E. me había regalado un libro que yo quería desde hacía mucho tiempo y decidí apoyarlo acá, a la mano, en el escritorio, a la vista pero intocado, a la espera de ese tiempo imposible pero necesario, el de la lectura despreocupada. El libro me había llamado siempre la atención por su título enigmático (LTI), creo que incluso porque en mi cabeza se mezclaba ridículamente con el nombre de una banda de los 90 que había seguido con fanatismo, y por eso me gustaba tenerlo acá, poder verlo y repetir enfáticamente cada tanto ese nombre latino: Lingua Tertii Imperii, Lingua Tertii Imperii, la lengua del Tercer Reich. El subtítulo, “Apuntes de un filólogo”, le daba esa modestia quizás poderosa: lentitud, detalle, trabajo microscópico, repetición, copia, tedio, amor (y odio) por la lengua.

Tapa de la edición alemana de LTI.


Varias semanas más tarde llegué a LTI, a ese tiempo que no es el de la lectura despreocupada (ese tiempo nunca llega) pero sí el de la necesidad, el de la intuición de que algo del momento reclama pasar por ahí. El libro es glorioso. Lo compuso el filólogo Victor Klemperer (1881-1960) a partir del diario que llevó como marido judío de una esposa aria en Dresde (donde sobrevive, en la “casa de judíos” comunitaria en la que estaban obligados a permanecer, al bombardeo de febrero de 1945, a pocos kilómetros de distancia del prisionero de guerra norteamericano Kurt Vonnegut) durante todo el tercer Reich (gracias a ese matrimonio mixto pudo salvar su vida y permanecer en Alemania, pero perdió su cátedra y casi todos sus derechos) y como tal es una historia del nazismo que contiene más verdades de esa experiencia que tantos otros testimonios y, claro, tantas películas. Klemperer logra hacer el registro estrictamente personal del impacto de cada pequeña modificación, cada torsión que el nazismo hizo en el lenguaje. Hay mucho de azar en el léxico que delimita, pero lo que más hay es la sensibilidad del oído filológico que permite, en presente y desde adentro, comprobar que el mal lo invade todo, que “no se notaban grandes diferencias; de hecho no había ninguna. Todos, partidarios y detractores, beneficiarios y víctimas” hablaban del mismo modo. “La lengua del vencedor no se habla impunemente. Esa lengua se respira, y se vive según ella”. Desde su publicación en 1947, LTI se volvió un clásico y Editorial Minúscula de Barcelona lleva ya ocho ediciones desde la primera en 2001.

Klemperer logra hacer el registro estrictamente personal del impacto de cada pequeña modificación, cada torsión que el nazismo hizo en el lenguaje.

¿Qué es lo que vibra en esas palabras que Klemperer recorta del flujo que es una lengua y luego acumula, pone en serie, conecta e historiza? Lo que vibra es esa zona incierta entre lo personal y lo político (creo que por eso E. me había regalado el libro) cuyo órgano es el oído y cuyo motor no es la conciencia sino más bien la memoria, eso que nos hace saber, antes de pasarlo por el pleno razonamiento (y de tener que buscar razones para los otros), que algo suena mal, que todo está perdido y es demasiado tarde. Dónde busca Klemperer: en todo lo que tiene a mano, no sólo en los discursos políticos, sino también en la prensa, el cine, el habla de todos los días, los anuncios publicitarios o de bodas, fallecimientos y nacimientos, los documentos universitarios, las publicaciones científicas, las novelas; pero sobre todo en los detalles: los nombres de personas y lugares (“nombres que han entrado en la geografía infernal de la historia”), los signos de puntuación (lejos de lo que podría esperarse, la LTI no se vale del signo de admiración ni de ninguno en especial, señala Klemperer, y en cambio prefiere el “entrecomillado irónico”), las caligrafías, los gestos. Qué oye cuando oye kämpferisch [combativo], Sippe [parentela], Gefolgschaft [séquito], aufziehen [montar], Fanatiker [fanático]: no sólo los nudos de una lengua nueva, sino también la profanación de la historia.
Por eso hay una obsesión genealógica en el libro. Klemperer asiste fascinado (“fascinado”, de allí también “fascismo”) al salto a la vida de lo nuevo, la emergencia, en pocos años, de una lengua nueva (y con la caída, la desaparición repentina de sus fuentes institucionales). Pero lo que importa del origen es menos la etimología que la sorpresa: “oí por primera vez la palabra Knif…”. Esa genealogía es necesaria porque la LTI se construye sobre una trampa del origen: vuelve sobre la historia para encontrar en el origen una germanidad pura. Esa lengua, por eso, es artificial, tiene autor (la fuente es menos Mi lucha –aunque de allí surgen muchos de los rasgos de la LTI– que el trabajo sistemático de Goebbels, el “maestro de la LTI”) y es impuesta a través de un ejercicio de falso regreso al origen, porque ningún origen es simple y ningún regreso es posible. La LTI se revela así como uno de los ejercicios más espectaculares de la historia en que una cultura se dispone a depurar su lengua y lo hace a través de un torpe viaje al norte.

Dresde bombardeada, Richard Peter. Vista desde la torre de la Rathaus (Blick auf Dresden vom Rathausturm), 1945.


Quizás el aspecto que hace extraordinario el libro, lo que produce un punto de vista como el de Klemperer, es su condición de testigo excepcional. Como relato, LTI es la palabra del último judío en Alemania, el último que puede permanecer ahí, casi invisible, testigo ideal, con el saber de la historia de esa lengua a cuestas: “en otoño de 1942 instalaron en miserables barracones, más miserables aún que los destinados a los prisioneros rusos, al reducido resto de judíos de Dresde, y desde allí fueron enviados al cabo de escasas semanas a la muerte en Auschwitz; sólo quedamos los pocos que vivíamos en matrimonio mixto”. Klemperer sobrevive como expresión de esa integración judeoalemana que produjo lo mejor del pensamiento alemán moderno (un patrimonio filosófico que hoy sobrevive sin cuerpo) y como tal expresa incluso un nacionalismo que entró definitivamente en crisis con la caída de la República de Weimar, pero que por ejemplo hacía del Yiddish (una de las lenguas próximas con la que la LTI arrasó) una expresión “del secular apego de los judíos hacia Alemania”.
Por eso Klemperer puede ver lo que el resto no puede. Por eso puede percibir, por ejemplo (en un salto de la filología a la iconología que recuerda los estudios de Aby Warburg del rayo en la historia universal y su vínculo con la serpiente) que “mucho antes de que existiera el signo nazi de las SS, ya se veía en color rojo en las casetas de los transformadores, con una advertencia escrita abajo: ‘¡Cuidado, alta tensión!’. En este caso, la S angulosa era evidentemente la imagen estilizada del rayo. ¡El rayo, símbolo tan querido por el nazismo, debido a su acumulación de energía y su rapidez! Por eso, las siglas SS bien podían ser una encarnación directa o una expresión pictórica del rayo. La doble línea quizás insinuaba asimismo una energía más intensa, puesto que en las banderitas negras de las agrupaciones infantiles aparecía un solo rayo ‘anguloso’, o sea, por así decirlo, media SS. SS es ambas cosas a la vez, es imagen y carácter abstracto; es cruzar la frontera hacia lo pictórico, es escritura pictográfica, es volver al aspecto sensible del jeroglífico”.
La LTI a lo largo del libro comienza a crecer hasta ser lo que su nombre propone y más. Una lengua completa, una (nueva) invasión, o secuestro de la lengua alemana que pone en juego una idea que ya llevaba tiempo viva, la lengua pura como origen y destino. Por eso lo que se lee en el libro son los rastros, las pequeñas piezas en las que, en diferente medida, podemos acceder a la experiencia de continuidad y cambio que fue el Tercer Reich. LTI no es sólo un léxico, es un pathos, una sintaxis, una mitología, una música, una caligrafía, en suma, una “lengua carcelaria” transformada en lengua nacional, es decir, que establece una compleja intimidad con el alemán hasta ocupar todos sus espacios y, de pronto, al menos teóricamente, desaparecer.
Evidentemente LTI. Apuntes de un filólogo es una intervención ineludible de la vieja discusión sobre el alemán, los alemanes, la lengua de los asesinos y la barbarie (o no) que supone escribir poemas después de Auschwitz. En esa enigmática sentencia de Adorno se ponía en juego la posibilidad de que luego de la LTI no hubiese retorno al alemán, no hubiese lengua luego de que la LTI surgiera de sus entrañas. Pero el problema no es la derrota del alemán por parte de la LTI, sino la derrota de la LTI por parte de la lengua del nuevo imperio al cabo de la guerra. La pregunta de Adorno, que apunta menos al poema que a la posibilidad de sostener (o no) la crítica como práctica, es claramente una pregunta de posguerra, o más bien de guerra fría. El problema, creo, no es la LTI en sí sino la forma de su derrota.
Sólo desde el más íntimo exterior, pareciera, puede conocerse la verdad de una lengua. Borges por ejemplo percibió hasta qué punto lo que estaba en juego, junto a la masacre, era también un suicidio: “Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo he perdido con él; por eso, fui implacable” dice Otto Dietrich zur Linde en “Deutsches Requiem”, al narrar el asesinato de David Jerusalem, pero bien podría estar hablando de su propia lengua. La LTI fue un sacrificio de la lengua alemana hecho por el mismo alemán, con la idea de que la lengua estaba siendo invadida por un cuerpo extraño (el judaísmo entre ellos). Y eso era más o menos cierto, como lo es para todas las lenguas, si se las piensa no como unidades cerradas sino como zonas de tránsito, sobre todo las lenguas imperiales que no paran de poblarse de sus otros.

LTI. Apuntes de un filólogo es una intervención ineludible de la vieja discusión sobre el alemán, los alemanes, la lengua de los asesinos y la barbarie (o no) que supone escribir poemas después de Auschwitz.


Lo que había derrotado la LTI era ese alemán invadido que había producido entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras tres décadas del XX una fiebre del concepto y había inventado los saberes que aún se discuten. Por eso luego de la guerra no hay lugar al que volver. Sólo ruinas. Es decir, lo que ocupa el lugar vacío no es el alemán anterior a la LTI (ya no estaba ahí), sino la lengua de los nuevos vencedores: esa traducción repartida del alemán a las lenguas del nuevo imperio inmediatamente constituido, bicéfalo –dos formas de la derrota del pensamiento, cuyas primeras manifestaciones habían sido el intento de trazar una vía rusa en los viajes de muchos intelectuales y, más adelante, la inserción académica de los alemanes en Estados Unidos durante la guerra y su paso al inglés.

LTI. Apuntes de un filólogo, de Victor Klemperer (Minúscula). Trad. Adan Kovacsics.


Luego de leer LTI me di cuenta, en fin, de que quería estudiar alemán como quien estudia una lengua muerta, una lengua que no deja de volver, como en un viaje en el tiempo, a la escena traumática de escisión en la que las mismas energías históricas conducen a Benjamin y a la LTI. Esto se volvió imperdonablemente grave, pero ya no hay vuelta atrás. No es sólo el tema. Hay algo de la hora argentina que tiene este tono. Nuestra LTI: todas las crisis que vivimos, todas las crisis que somos capaces de soportar son, entre otras cosas, derrotas del lenguaje. Es decir, son evidentemente crisis políticas, económicas, pero esa experiencia (lo que llamamos vivir una crisis) se hace en la lengua. Es ahí, en cada palabra derrotada (¡oh, experiencia!, ¡oh, felicidad!) más que en ningún otro lado, donde lo concreto de la verdad se conoce y se combate. Hacer junto con Klemperer la experiencia de la LTI es un modo de aferrarse al presente para odiarlo y salvarlo.

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