Conversación imaginaria

En un ejercicio borgeano, el escritor español Jorge Carrión articula un relato que tiene como protagonistas a Cervantes y a Shakespeare

FLAVIO LO PRESTI

Harold Bloom acuñó el concepto de angustia de las influencias para pensar la relación entre el escritor y la tradición, y Saer lo tradujo en una imagen salvaje: un escritor joven es como un pistolero que quiere pegarle un tiro en la cabeza a su predecesor más fuerte, al mejor tirador. Entre nosotros, dijo Piglia, el mejor tirador (utilizó la delicada expresión que Dante usa para hablar de Arnaut Daniel, Il miglior fabbro) fue Borges, y Jorge Carrión dedica un nuevo texto a pensar la forma en que Borges trata de ubicarse como quinta carta en el póker occidental que conforman Homero (a quien dedica “El inmortal”, cuento que abre El Aleph), Dante (“El Aleph” es una reescritura de la Comedia), Cervantes (a quien dedica explícitamente el descalabro que es “Pierre Menard, autor del Quijote“) y Shakespeare (el último libro de cuentos de Borges está consagrado a su memoria). Su ejercicio de lectura está fundado en un cuento posible de Borges, “Los otros dos”, del que aduce tener un conjunto de notas más o menos literales que tomó en un curso de José María Micó en 1998.


Carrión recorre una conversación imaginaria entre Cervantes y Shakespeare, una conversación cuyo verosímil permanece indefinido hasta el final y en la cual el primer tema es una idea eminentemente borgeana: la literatura como monstruo omnívoro, devorador y productor de la realidad. Ilustra la idea recordando los devaneos de Cervantes con el Quijote de Avellaneda y las representaciones de Ricardo II, planeadas en 1601 para caldear los ánimos en los días previos a una revuelta popular. De todos modos, estos Cervantes y Shakespeare imaginarios son incapaces de marginar la experiencia del dolor en sus propias obras, y esa idea los conduce a pensar que el dolor es siempre efecto de la historia, lo que establece una diferencia poderosa: profundamente políticos, comentaristas de cualquier época, Shakespeare y Cervantes no pueden estar más lejos de un Borges que es, en palabras de Carrión, “todo lo apolítico que puede ser un gran escritor”.
El flujo del texto hace derivar a “Los otros dos” por diversos caminos: el pastiche y la reescritura de la cultura popular como formas de la creación, definitivas a partir de los dos grandes autores del siglo XVII, y finalmente el corte decepcionante del cuento, en el que el Borges de Carrión aprovecha la cualidad de sueño de la imaginaria conversación para atribuirle a todo (incluso a sí mismo) una existencia más bien verbal.
El volumen termina en un post scriptum clave, en el que Carrión recuerda la carpeta original en la que estaban las notas: el proyecto de un libro sobre sus propios “maestros”: Montaigne, Cervantes, Calvino, Cortázar y Borges. Pero la carpeta (salvo por estos apuntes sueltos) está vacía. Quizás la ausencia de los apuntes dedicados a los otros maestros quiere significar que Borges es el corte con esa cadena de transmisión que conectaba la literatura con la tradición, y que escribimos en el vacío.

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