Susan Sontag

Una nueva sensibilidad crítica

MAXIMILIANO CRESPI
Retrato de Susan Sontag por Jean-Regis Rouston/Roger Viollet/Getty Images)

Abrir cualquier libro de Susan Sontag es reencontrar la pasión del pensamiento crítico y vivo. Sus ensayos, narraciones, diarios y papeles personales muestran siempre a una escritura prendada a una comprensión de su contexto. Su encanto no se explica por sus temas (díscolos aunque no necesariamente originales), su lógica estructural (de elegancia clásica) o su registro retórico (sobrio hasta la solemnidad), sino por la frescura y la lucidez con que la lectura se asume como experiencia sensible.
En alusión al admirable comienzo de Bajo el signo de Saturno, Daniel Link ha caracterizado “el método Sontag” como un pensamiento que se desprende del umbral de una escena biográfica. Así lee Sontag: articulando la razón crítica sobre una disposición sensible, conmoviendo la estabilidad de lo sabido desde la inmediatez de lo vital.
Formada en la biblioteca orgánica de la filosofía liberal estadounidense, fascinada por Jacob Taubes y Leo Strauss, supo desde joven que leer y escribir podían ser formas de conjurar (en la letra) los fantasmas de frustraciones afectivas y decepciones intelectuales que la iban volviendo “un animal solitario”. Los textos de placer –la hipótesis es de Barthes– cumplen ese rol: estar del lado de lo imaginario, sopesar la fuerza destructiva que asoma como imaginación del desastre. Sontag entendió el juego. “Siempre he estado escondiéndome detrás de mis propios ojos”, apunta en 1967 en su diario. Y veinte años después, parafraseando a Sartre y a Strauss, ironiza: “¿Los libros no se escriben justamente para ocultar de todos lo que ocultamos de nosotros mismos?”.
Sontag hizo siempre un uso especial y calculado de la red de saberes, prácticas y valores de la cultura. En su diario reconoce, en su “antigua compulsión” a “poblar el mundo con cultura”, un deseo inconsciente de darle gravedad y densidad a una vida que temía desperdiciada entre el tedio y la decepción. Su “miedo a estar perdiendo el tiempo” la lleva a “canibalizar” tanto sus relaciones afectivas como sus afinidades imaginarias. Lee con hambre. Pero no con avidez temática, sino con ganas de incorporar las técnicas con que el Saber se explica ese mundo (que ella ve insípido y predecible), para entender su propio deseo: el sabor que experimenta ante las formas de vida que brotan de los márgenes.

Richard Sennet, Umberto Eco y Sontag.

Venus y Saturno tallan su carácter: su romanticismo trágico, siempre entre la rebelión y la melancolía. De la “alta” cultura (de Goethe a Godard) y de los lectores de la “alta” cultura (de Burke a Benjamin), la atrae la posibilidad de captar escenas donde ciertos sentidos arcaicos sostienen todavía el juego de las convenciones; de la “cultura de masas” y de las “formas en transgresión” ninguneadas por la intelligentsia, el brío temperamental e insolente, la promiscuidad, el desmadre y la liberación de las convenciones que promete dar lugar a nuevas sensibilidades y modos de vida.
Sin paciencia ante la tontería, su primer impulso fue siempre de retracción. En la soledad acendrada de su deseo compuso una serie de lecturas abiertas a los sentidos emergentes en un arco de intereses que supo ir de la pornografía al happening y de la ficción posapocalíptica a la enfermedad y sus metáforas.
La biografía de Daniel Schreiber aporta datos útiles sobre la vida de Sontag, aunque sin extraer hipótesis que sugieran una nueva interpretación de su experiencia intelectual. Describe el ciclo formativo y las mutaciones desde la simplificación de una premisa vitalista (“A diferencia de los escritores que escriben porque tienen algo que decir, Sontag quiere escribir para tener algo que contar”) y se cierra en la consistencia del semblante acreditado. Agil y amena, la prosa de Schreiber corre mansa como un río de llanura y desagua sin turbulencia en el estanque de la figuración icónica, plástica y cautivantemente pop, que hace de Sontag una “estrella intelectual”. El subtítulo del libro sintetiza en efecto esa imagen que mitifica la irreverencia y se proyecta en el signature look del mechón blanco.

Susan Sontag. Intelectualidad y glamour de Daniel Schreiber (Tajamar)

El tópico de la autoinvención se repite una y otra vez en la publicística de Sontag y suele simplificar la redacción de los perfiles. Schreiber se pliega a él con espontaneidad. Da a entender que Susan Sontag, la escritora emblema de la crítica neoyorquina del siglo XX, es pura creación de Susan Rosenblatt, la niña solitaria e introvertida criada en el seno de una familia de provincia. Lo biográfico se pega a lo imaginario: a los 5 años muere su padre, a los 12 toma el apellido del segundo marido de su madre y empieza a soñar con otra vida: el “Proyecto Susan Sontag”. Su formación se precipita: secundaria en Los Angeles, paso por Berkeley, graduación en Artes en Chicago. Quema etapas: “a los 16 años entra a la universidad, a los 17 se casa [con Philip Rieff], a los 19 es madre”, dice Schreiber. Nada pone freno al “Proyecto”. Sontag crece, experimenta. A los 24, tras un posgrado en Harvard, viaja becada a Oxford, pero meses después está en París, en “una nueva vida” con Harriet Sohmers, rumiando el fin de su matrimonio. Otra “espesa decepción” (sólo comparable con la sentida ante el penoso criterio intelectual de su madre) cierra una etapa de su vida. A los 26 años, se divorcia y, con una valija, un hijo y 70 dólares en el bolsillo, se muda a Nueva York.
Allí Sontag publicaría la serie de novelas que, aun siendo best-sellers como El amante del volcán o En América, no convencerán del todo a la crítica. Pero también emerge su gran obra ensayística: la novela de su propia “sensibilidad crítica”. El primer capítulo de esa saga es “A Feast for Open Eyes”, la reseña que Sontag hizo del filme Flaming Creatures de Jack Smith (usada en el juicio como justificación estética frente a los cargos de inmoralidad). El “Proyecto” se ajusta. La repercusión del texto la lleva a tomar conciencia del alcance político de la lectura.
Sus “Notas sobre el Camp” (1964) se leen casi como una provocación. Se alude a ella como “It girl” y Contra la interpretación la catapulta no sólo a referente de la nueva izquierda neoyorquina, sino también a “vocera de las nuevas sensibilidades”. La “carrera académica” se aleja. La firma de Sontag, que antes aparecía en Partisan Review, New York Review of Books o Commentary, se lee ahora en Vogue, Mademoiselle, Harper’s o Life. La actualidad de sus “temas” (la sexualidad abierta, la transgresión estética, la intervención posmodernista) es proporcional al encono del establishment conservador que la apoda “Miss Camp”.
Su alegato contra la interpretación como simulacro de cierre ante las potencialidades abiertas del arte es coherente con su anhelo de liberación de la sensibilidad en todas las esferas de la vida. La discípula de Schwab, Burke y Trilling no sólo se toma en serio la cultura popular sino que además comete la hybris de estimarla en nombre de una “erótica del arte”.

El desprecio del campo académico le llega junto con la anuencia de los medios masivos y los jóvenes estudiantes. Es el modelo de una nueva y liberadora sensibilidad crítica. En sus textos se intuyen apologías al sexo libre, las drogas, la psicodelia y el “Black Power”. En 1966, relee a Sartre –resistido antes por su “tendencia a asignar significado”– y su compromiso se afirma.
Ve en Vietnam otra Argelia y sus planteos políticos ganan frontalidad. Firma cartas de protesta izquierdista (repudiando la represión policial a los Black Panthers), da discursos donde se pronuncia explícitamente contra la guerra, participa de movilizaciones en favor de la paz en el Sudeste asiático y, en la agitación contra la introducción del servicio militar obligatorio, es arrestada junto a Allen Ginsberg y Jane Jacobs. Su anticolonialismo se vuelve antiimperialismo. “What’s Happening in America”, la respuesta que da a Partisan Review en 1966, confirma esa radicalización y es uno de los textos fundacionales de la new left americana.
Pero es en “Trip to Hanoi” (1968) donde la claridad analítica, la elegancia narrativa y la posición política de Sontag confluyen en la escritura “a la vez abierta y personal” que desde Estilos radicales rubrica su sensibilidad crítica. Los ensayos posteriores ostentan lo que Alan Pauls definió como una manera única de incorporar y “modular teorías en primera persona sin naufragar en la vanidad”, de asumir la palabra con responsabilidad intelectual consciente de su autoridad –como en Ante el dolor de los demás, donde cuestiona con ecuánime rigor la desidia cínica y el voluntarismo pueril de la representación testimonial.
Los nombres de Rieff, Sohmers, Fornés, Johns, Brodsky o Leibovitz y los de Barthes, Benjamin, Goodman, Canetti, Serge, Tsvetáyeva, Walser o Sebald trazan una constelación de afecto. Allí Sontag registra agudeza y sensibilidad, el llamado y la desilusión, la vida fascinada por la muerte, el arte como intransigencia ante el conformismo del sentido común. Con esas voces teje sus últimos diálogos. Por fidelidad a ellas, dijo en 1992, “superado el cáncer, tenía que seguir siendo Sontag”. Sólo conocía una forma de serlo: escribiendo sus lecturas.
Sontag murió en Nueva York en 2004. Tenía 71 años y lidiaba con una leucemia terminal causada por la radioterapia que había recibido a los 43. Las contradicciones que surcan su obra no derivan de sus deseos de renovarse sino de la resistencia que presenta un mundo que se hace más complejo conforme se lo interroga.
Sobre la fotografía, previsto como una serie de “notas sobre fotógrafos”, es una “gramática de la visión contemporánea” y un estudio de la función de las imágenes en un plano perceptivo matrizado por el criterio consumista. La enfermedad y sus metáforas, proyectado como “una mitología”, es un desguace implacable a las mistificaciones, las “fantasías punitivas o sentimentales” que le quitan autenticidad. Bajo el signo de Saturno, Cuestión de énfasis y Al mismo tiempo son en cambio capítulos homenaje a su educación sentimental. Ahí están sus pasiones, sus recelos y sus desencantos. Y está también su convicción más tenaz: la de suscribir siempre una ética de la resistencia contra “el filisteísmo, la superficialidad y la indiferencia”.

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