La vida intensa de Antón Chéjov

Natalia Ginzburg construye un retrato bellísimo y narra con calma las turbulencias del gran escritor ruso

ALEJANDRA ZINA

Casi como un presentimiento de su propio final, Raymond Carver escribe un cuento donde imagina los últimos días de Antón Chejov en un hotel de una pequeña ciudad alemana junto a su esposa, la actriz Olga Knipper.
Quince años antes se publica una compilación de ensayos de la escritora italiana Natalia Ginzburg (Mai devi domandarmi) que incluye una breve biografía del escritor ruso, Antón Chéjov: Vida a través de las letras, editada más tarde de forma independiente. Cuenta Ginzburg que mientras Chéjov yacía moribundo en la cama del hotel alemán y Olga lo acompañaba en silencio, el doctor Schwöhrer hizo traer una botella de champán. No hubo brindis. “Hace mucho que no bebía champán”, dijo Chéjov antes de vaciar su copa. Se acostó de lado y poco después dejó de respirar.

Antón Chejov, Natalia Ginzburg (Acantilado)


Quizá no sea obra de la casualidad. Quizá Carver se haya cruzado con una traducción y después de leer a la italiana se haya sentado a escribir aquel hermoso cuento de homenaje y despedida.
Ginzburg traza un retrato bellísimo de la vida breve e intensa de Antón Chéjov, desde su nacimiento en Taganrog, “un arrabal soñoliento habitado por gente indolente”, hasta la madrugada del 2 de julio de 1904, cuando tomó su última copa de champán. Entre medio, la sombra pesada de una familia sin dinero y llena de problemas que no sabe resolver, los primeros años en Moscú, la escritura de cuentos humorísticos para sobrevivir, los días de médico rural, la enfermedad, las amistades literarias, el teatro, las reacciones esquivas con las mujeres, el casamiento con Olga Knipper poco antes de su muerte.
Natalia Ginzburg sabe narrar con calma las turbulencias, leer las pasiones en gestos mínimos, escuchar las voces que llegan desde aquella tierra lejana y fría. La pobreza, escribe, es para Chéjov “como una muela picada que le producía un dolor persistente y sordo del que no se libraba jamás”. Como médico no ganaba demasiado (a los campesinos no les cobraba), pero no dejaba de vender cuentos que escribía compulsivamente. En el relato de Ginzburg aparecen nombrados varios de ellos, fogonazos de su memoria lectora que va glosando en pocas líneas. No le interesa tanto comentar las obras de teatro como el efecto que causaban en el público. Las obras de Chéjov eran un fracaso rotundo o un éxito arrollador, en la oscuridad de la sala irrumpían risas burlonas o todo se inundaba de una conmoción silenciosa.

Natalia Ginzburg, Roma, 1989. Imagen: Leemage


Muchos hombres y muchas mujeres debieron sentirse retratados en aquellos burgueses ociosos que se la pasaban hablando y cortejándose en sus casas de veraneo, soñando con una vida mejor que jamás iban a alcanzar. Tolstoi, que amaba los cuentos de Chéjov, solía decir que su teatro no valía nada, que sus comedias eran amorales, que sus héroes no hacían más que ir del sofá al desván y del desván al sofá. Chéjov nunca se ofendía, lo amaba: “mientras en la literatura exista un Tolstoi, ser escritor resulta sencillo y hermoso… Sin él, los escritores serían un rebaño sin pastor o una ciénaga horrible en la que sería dificil orientarse”.
El relato de su vida es un movimiento continuo.
Chéjov, tuberculoso grave, se la pasaba viajando por distintos lugares, dentro y fuera de Rusia, persiguiendo el verano. A veces no hacía caso a las indicaciones médicas y, aun con frío, iba para su casa de campo en Mélijovo o viajaba a Moscú para asistir a los ensayos de una obra suya en el Teatro de Arte que dirigía Stanislavski. Seguía escribiendo, aunque a medida que avanzaba la enfermedad apenas podía unas líneas por día. Dice Natalia Ginzburg que lo que más le gustaba de las personas era su fuerza vital pero que no tenía ninguna fe en el pueblo ruso: “Rusia es un país de gente ávida e indolente. Comen, beben muchísimo, roncan y sueñan…” Sin embargo en su obra hay hombres y mujeres que avanzan hacia un porvenir menos oscuro y menos embrutecido.
Esta breve biografía es una hermosa intuición sobre la vida de Chéjov, el homenaje de una lectora y el ensayo de una escritora vital.

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