Contra la perversión de los mitos

La dimensión mítica reúne ensayos dispersos de la obra de Joseph Campbell

FLAVIO LO PRESTI

Para quien está conforme, sin pensarlo mucho, con la idea de que el mito es una producción simbólica de la infancia de la humanidad y que nada tiene para decir hoy, la lectura de La dimensión mítica es una experiencia sobrecogedora: sus páginas están destinadas a hacernos ver que en apariencia “el hombre no puede mantenerse en el universo sin creer en alguna versión de ese legado mítico”, pero al mismo tiempo de que nos pasea por esa galería temible de imágenes, números y respuestas compartidas al misterio terrible y fascinante de la vida y la muerte, del que somos únicos poseedores, Campbell aventura valoraciones sobre el servicio que la actitud de cada creencia hace a la comprensión de la vida humana, interpreta los problemas de nuestra propia cultura y conecta el impulso mítico con el impulso artístico de una manera tan persuasiva que se llega al final de la lectura de estos ensayos selectos con la cabeza llena de dudas y con la boca abierta.

Por ejemplo, en la primera parte sostiene la persistente intención de discutir la interpretación literal que las religiones instituidas (principalmente las relacionadas con los mitos judeocristianos) han hecho de los mitos como resultantes de un evento histórico puntual: en lugar de comprender el mito como la versión poética de una realidad psíquica, la idea de que Dios le habló a un pueblo en un momento de la prehistoria  y “transmitió un programa único para la totalidad de la raza humana, el cual será administrado por los representantes de esa tradición visionaria” domina a las religiones de verdades reveladas, una forma peligrosa de interpretación de las tradiciones. “Cada vez que un mito se interpreta literalmente se pervierte”, advierte Campbell, y es probable que un pueblo guiado por una interpretación semejante tenga la preferencia de transformar su propia vida y la de sus vecinos “en un infierno en nombre de algún dios violento, en lugar de aceptar agradecido la copiosa opulencia del mundo”.
Pero como decimos, el análisis de las tradiciones religiosas no solo sirve para esclarecer líneas de tensión y conflictos históricos, sino también para “sacar a luz problemas de esta extraña civilización nuestra”, en la que conviven una tradición como la griega (que pone al hombre por encima de los dioses) y la tradición de un dios despótico como Yahvé. Esa convivencia conduce necesariamente a la neurosis: “honramos los valores humanistas de Grecia y Roma durante seis días a la semana y luego, en el séptimo, durante una media hora más o menos confesamos nuestra culpa ante un celoso dios del Levante. Después nos asombra que tantos tengamos que recurrir al psicoanalista”.
La primera parte del libro, dedicada a la mitología y a la historia, hace un paseo profuso por algunas de las formas que asume la dimensión mítica en distintas civilizaciones, llegando a conclusiones que oscilan entre la descripción histórica (en sus variantes, las mitologías son “contextos de estímulos señal supranormales productos del arte para gobierno de la naturaleza” que conjuran el “misterio terrible y fascinante” de la vida y la muerte y permiten al niño transformarse en hombre) y una hipótesis a la que es difícil adjetivar, una hipótesis acerca de la existencia de una sabiduría liberada por la imaginación humana y que conecta al hombre con la totalidad de lo existente: “¿En qué consiste, entonces, la sabiduría que aprende quien destroza en su interior los temores que atan a los otros miembros de su tribu a sus mezquinos ritos? ¿En qué consiste la sabiduría que transmite la voz de SIla? (…) ‘lo que dice es: ¡No tengáis miedo del universo!”.


Campbell analiza además la obra del alemán Johann Jacob Bachofen y el desarrollo de su concepción de la evolución histórica como evolución espiritual (el paso de una comprensión femenina de universo a una masculina, que tiene su momento clave en Roma y que permite interpretar la aniquilación de Cartago como un choque de ideas espirituales y no sólo como un conflicto económico político) y termina esta primera mitad con un extraordinario recorrido por las reapariciones de la diosa madre en distintas culturas lejanas entre sí, que han estado evidentemente conectadas. Ese mito ancla en una serie de cálculos matemáticos que conectan las estrellas con el cuerpo humano: la persistencia del número 432 y su conversión en 9 y su presencia en todas estas culturas es asombrosa y anuda los Eddas islandeses con los desarrollos pitagóricos, los cultos sumerios, la obra de Dante y un etcétera inmenso para llegar a una conclusión hermosa que es hija del sentido del drama y la belleza de Campbell:  “en el pensamiento mítico, tanto metafórica como históricamente, el Dios que está más allá de Dios es la Madre de Dios”.
La segunda parte se titula “La mitología y las artes” y reúne ensayos atravesados por la idea del arte como una deriva contemporánea de la producción simbólica que correspondió al mito en civilizaciones anteriores. En estos trabajos Campbell vuelve con insistencia sobre una intuición que recorre todo el volumen. El ego, el apego a lo mundano, el temor a los guardianes del Edén, la interferencia de lo que no está conectado con esa voz de todas las cosas, son problemas que impiden el acceso a esa dimensión de sabiduría necesaria para que los ensueños del artista impacten en la imaginación humana: “No es posible transitar los senderos del bosque de las aventuras hasta no superar a estos guardianes, y la manera de superarlos es darse cuenta de que su aparente poder es una ilusión, producto del ámbito restringido de la conciencia egocéntrica”. Desde allí, Campbell (que en el medio se burla de la comprensión- en su opinión, mediocre- que Freud tiene de los símbolos religiosos y míticos, y por lo tanto del arte en general) piensa y utiliza las obras de Joyce y Thomas Mann, recuperando la concepción joyceana de la emoción estética como una experiencia estática que conduce a la celebración de todo lo que es, porque “la revelación del arte no es la ética ni ningún juicio, sino un reconocimiento maravillado de la radiante Forma de las formas que brilla en todas las cosas”.

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