Diarios de escritores


1.Rosa Chacel: Alcancia. Ida, Vuelta y Estación Termini.

Los diarios de Rosa Chacel registran y realizan, a través de una combinación de lucidez extrema, afectividad tumultuosa y precisión sintáctica, el espesamiento como forma de vida. Una forma en la que cuentan, tanto el estado de detención y estrangulamiento, como el proceso dramático de la espera sin esperanza. En su condición de exiliada o de escritora carente de reconocimiento, la diarista registra la insistencia en el presente de lo que no fue ni podría llegar a ser, con la fuerza de un grito que sacude las retóricas del lamento y la queja. 


2. Julio Ramón Ribeyro: La tentación del fracaso. Diario personal: 1950-1978.

Ribeyro es el inventor, dentro de la literatura latinoamericana, de un personaje fascinante: el escritor-diarista como figura ambigua o contradictoria. Sus cuadernos registran un constante impulso confesional, surgido de un agudo sentimiento de culpa, y al mismo tiempo se presentan como un ejercicio de disimulo, “un prodigio de hipocresía”. Con Ribeyro se aprende a leer los diarios de escritor entre líneas, para descubrir lo que la sinceridad y es el espíritu de constricción disimulan y relegan al olvido casi imperceptiblemente: las autocomplacencias del narcisismo.


3. Virginia Woolf: Diarios (1915-1941).

Virginia Woolf sabía convertir las entradas de su diario en una pasarela resbalosa por la que desfilaban, inestables, las criaturas de la vida literaria londinense con las que mantenía trato circunstancial o continuo. Nadie quedaba a salvo, ni su admirado T. S. Eliot, ni el compañero casual e irrepetible de una velada poco memorable. En el paso inseguro al borde del tropezón, la figura pública trasluce, en el los apuntes perspicaces e insidiosos de Woolf, algo de las debilidades y las imposturas que el ademán mundano pretende disimular.


4. Roland Barthes: Diario de duelo.

La forma del diario se le impuso a Barthes como la más conveniente para cernir y acompañar en su excepcionalidad el duelo por la muerte de la madre. El ejercicio de la notación diaria le permitió examinar en detalle, hasta extrañarse de sí mismo, las alternancias y las simultaneidades de emotividad y reserva, de ligereza y desconsuelo. Así pudo vivir la aflicción activamente, no para hacer literatura (la idea lo atemorizaba) sino para someter el dolor a la prueba de lo literario: la extenuación del sentido y la conquista de la impersonalidad. 


5. Ángel Rama: Diario 1974-1983

El de Rama es el diario de un moralista porque muchas entradas están dedicadas al estudio de las complejidades y sutilezas del alma humana, y porque la moral es el punto de vista que sitúa los matices individuales en los retratos y autorretratos que se van delineando en sus páginas. La moral es el terreno en el que Rama recorta su diferencia para identificarla como virtud y también es un filtro que neutraliza el reconocimiento de impulsos ingobernables, que la escritura de su intimidad transparenta, como la agresividad y el resentimiento.

Alberto Giordano

Doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Investigador Independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y Profesor de la Universidad Nacional de Rosario. En 1990 fundó el Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria de la U.N.R y actualmente dirige el Boletín de dicho Centro. Dictó seminarios de posgrado y conferencias en diversas universidades nacionales y extranjeras.

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